Veintisiete

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Maratón de navidad
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—¿Escuchan esos gritos?. —pregunto Pansy.

—Pensé que solo yo los escuchaba —respondió Madelyn.

—Vamos a ver qué pasa... —dijo Theo levantándose.

Los estudiantes habían salido del Gran Comedor, donde todavía se estaba sirviendo la cena, para ver qué pasaba; todos se habían amontonado en la escalera de mármol.

La profesora Trelawney estaba de pie en medio del vestíbulo, sosteniendo la varita en una mano y una botella vacía de jerez en la otra, completamente enloquecida. Tenía el pelo de punta, las gafas se le habían torcido, de modo que uno de los ojos aparecía más ampliado que el otro, y sus innumerables chales y bufandas le colgaban desordenadamente de los hombros causando la impresión de que se le habían descosido las costuras. En el suelo, junto a ella, había dos grandes baúles, uno de ellos volcado, como si se lo hubieran lanzado desde la escalera. La profesora Trelawney miraba fijamente, con gesto de terror, a Umbridge quien estaba en el pie de las escaleras.

—¡No! —gritó la profesora Trelawney—. ¡No!¡Esto no puede ser!¡No puede ser!¡Me niego a aceptarlo!.

—¿No se imaginaba que iba a pasar esto?. —preguntó con voz aguda e infantil con un deje de crueldad Umbridge.

—¿Que está pasando, Draco?. —le pregunto Madelyn al verlo entre los alumnos.

—Parece que la están despidiendo.

—Pese a que es usted incapaz de predecir ni siquiera el tiempo que hará mañana, debió darse cuenta de que su lamentable actuación durante mis supervisiones, y sus nulos progresos, provocarían su despido. —dijo Umbridge.

—¡N-no p-puede! —bramó la profesora Trelawney, a quien las lágrimas le resbalaban por las mejillas por detrás de sus enormes gafas—. ¡No p-puede despedirme! ¡Llevo d-dieciséis años aquí! ¡Hogwarts es m-mi hogar!.

—Era su hogar hasta hace una hora, en el momento en que el ministro de Magia firmó su orden de despido —la corrigió la profesora Umbridge, Madelyn sintió asco al ver que el placer le ensanchaba aún más la cara de sapo mientras contemplaba cómo la profesora Trelawney, que lloraba desconsoladamente, se desplomaba sobre uno de sus baúles—. Así que haga el favor de salir de este vestíbulo. Nos está molestando.

Pero la profesora Umbridge se quedó donde estaba, regodeándose con la imagen de la profesora Trelawney, que gemía, se estremecía y se mecía hacia delante y hacia atrás sobre su baúl en el paroxismo del dolor.

House Of BlackDonde viven las historias. Descúbrelo ahora