Epílogo.

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Epílogo.

Antonella Herrán:

Mi mente viajó, se transportó a uno de esos días en los cuales salir de la cama era verdaderamente una tortura, reparar en el hecho de que yo estaba aquí, respirando y él no. Los recuerdos jugaron conmigo una ves más, cómo si yo fuese una muñeca de trapo y me hundieron aún más en la depresión que había estado creciendo en mi todo este tiempo.

Extrañaba a Eleanor, extrañaba a Max. Extrañaba a mis mejores amigas. Una llamada por día con ellas no era lo mismo que tenerlas a mi lado a cada despertar, no era lo mismo que recibir sus besos y sus abrazos. La partida de mi padre y de mi hermano hacia diferentes lugares me estaba afectando demasiado y aún más el hecho de que me he encontrado sola todos estos meses. Incluso extrañaba a Will, a Bash... pero mucho más a él.

Extrañaba a Lionel con una locura insana. Soñaba con él todas las jodidas noches, lo veía de pie frente a mí mientras hacía el desayuno, sentía su peculiar olor y lo único que yo podía hacer era volverme un ovillo en la cama y ponerme a llorar. A lamentarme, a anhelarlo. A extrañarlo, a desearlo.

Pasaba más tiempo pensándolo que comiendo, que descansando. Pasaba más tiempo durmiendo para así por lo menos tener el chance de verlo, por que al menos en mis sueños él me decía que todo estaba bien.

Y eso era lo que yo necesitaba. Que me dijeran que todo estaría bien, que toda esta mierda que yo, que todos nosotros, estábamos pasando era para algo... por algo.

Sabia, o al menos estaba intentando hacerme a la idea de que no volvería a mi, que no llegaría un día y me besaría en los labios tras decirme que estaba bien, que todo fue un mal sueño, que nunca me dejaría.

Pero lo hizo, me dejó y yo no sabía cómo vivir con ello. Dejó un vacío grande en mi que no iba a poder ser reparado por nadie, ni por mi misma. El corazón se me había partido en miles de pedazos cuando no recibí una llamada suya una hora... cinco horas, dos meses, tres meses después... se me había ido, al igual que lo hizo Gisela. Al igual que lo hizo la loca alemana que al final del día se había ganado el aprecio de todos nosotros. Que al final del día era extrañada al igual que lo era Lionel.

Will llamaba todos los días, a las cuatro de la tarde para preguntarme si sabía algo de alguno de sus padres y ante mi negación, se frustraba. Yo sabia que aquello no lo dejaría en paz en mucho tiempo, que lo estaba atormentado y agradecía que no estuviese solo, que al menos estuviese con su esposa.

«—Cuídate, mi Juls».

No como yo, que me encontraba sola en esta isla, bebiendo agua de coco, pescando en el mar y tomando el sol. Pensando en él... a todas horas lo pensaba. Pensaba en nuestros planes, en aquella casa en la colina que tenía nuestro nombre, en sus besos, en sus caricias.

Te extrañaba, mi amor. Te extrañaba tanto. Y más nos extrañaba a nosotros.

Cuatro meses eran los que habían pasado, conviviendo con las demás personas que aquí habitaban, llevándome bien con ellos y enseñándoles las pocas cosas que sabía y así mismo hacían ellos conmigo.

—Señora Herrán— llaman a mis espaldas y el corazón se me escuece al escuchar dicho apellido. Había tomando el apellido de Lionel cuando mi padre confesó que el billete de avión no era lo único que había en mi sobre. Me había dejado todo, su fortuna y su apellido.

El Mejor Amigo De Mi Padre. ©Donde viven las historias. Descúbrelo ahora