<<𝟒𝟑>>

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Tras dos semanas de luna de miel en la tranquila Aubrey Hall, el vizconde y la vizcondesa Bridgerton han regresado, y con ellos, una complicidad que no pasa desapercibida. Basta observarlos para notar que comparten más de una broma privada, y que ciertas miradas dicen mucho más de lo que conviene a la decencia pública.
Algo me dice que su regreso promete animar la temporada y quizá, levantar más de una ceja.

REVISTA DE SOCIEDAD DE LADY WHISTLEDOWN,
16 de junio de 1814

Había pasado una semana desde que habían regresado de su luna de miel en Aubrey Hall, y Annette todavía caminaba por la casa como si sus suelos flotaran sobre nubes de tul y azúcar.

Nunca se había sentido tan en paz. Bueno, sí, tal vez una vez, de niña, cuando su madre aún vivía y los días se medían en cuentos antes de dormir y mermelada de grosella. Pero era una memoria borrosa, y esto, esto era real.

Estaba sentada en el comedor, absorta en su nueva lectura, Belinda, cuando escuchó el crujido inconfundible de la puerta principal. Sonrió sin pensarlo.

Anthony ya estaba en casa.

Cacahuete, su perro, estaba acurrucado junto a ella, roncando con la delicadeza de un herrero asmático. Al escuchar el sonido, levantó las orejas y, como si le hubieran dado cuerda, salió disparado hacia el vestíbulo.

Lo siguiente que se escuchó fue un sonoro:

—¡Maldita sea!

Seguido de lo que solo podía describirse como el rodar de una alfombra con patas.

Annette se levantó de golpe, el libro olvidado sobre la mesa.

—¡Anthony! —exclamó, corriendo hacia el vestíbulo justo a tiempo para ver a su esposo malhumorado, despeinado y con el abrigo torcido, mientras Cacahuete se encontraba en el suelo.

Anthony la miró como si acabara de descubrir que su esposa era en realidad una bruja enviada para arruinarle la vida.

—El perro me atacó —dijo con total seriedad.

Annette pestañeó. Luego frunció el ceño.

—¡No te atacó! Es un cachorro.

—Es un demonio disfrazado de felpudo.

—¡Anthony!

—¿Puedes recordarme, mi querida esposa, por qué ese engendro peludo está en mi casa?

—Porque, por si no lo sabías —replicó Annette, con voz dulce pero letal—, esta también es mi casa. Y Cacahuete es mío. ¿Esperabas que después de encontrármelo en la calle abandonado, lo hiciera otra vez?

—Sí —dijo él, sin titubear—. O al menos que lo dejaras en una pensión para bestias con complejo de Napoleón.

—¿Por qué no te gusta Cacahuete? ¡Es el mejor perro del mundo!

Anthony cruzó los brazos, lo que en él era equivalente a levantar un escudo. Su ceño fruncido era digno de un retrato.

—Lo sería, si no intentara arrancarme el dedo cada vez que intento acariciarlo. O mirarlo. O respirar en su presencia.

Annette resopló, recogió a Cacahuete en brazos —quien, por cierto, lloriqueaba como si lo hubieran condenado al exilio— y lo miró con expresión maternal.

—Solo quiere jugar.

—Pues juega con cuchillos, entonces.

—¡Anthony!

—Lo empujé suavemente. Sutilmente, incluso. Como quien aparta una taza de té. Si ha rodado por el suelo, es porque la Madre Naturaleza decidió que debía tener patas ridículamente cortas y un centro de gravedad absurdo.

𝐌𝐎𝐍 𝐀𝐌𝐎𝐔𝐑 - 𝗮𝗻𝘁𝗵𝗼𝗻𝘆 𝗯𝗿𝗶𝗱𝗴𝗲𝗿𝘁𝗼𝗻Donde viven las historias. Descúbrelo ahora