Diecisiete.

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#MaeDay

Capítulo diecisiete: Archi y Jetlag.

—Cállate.
—Es que aún no puedo creerlo, Dia es real.
—No hay tal dia, Mae.
—Yo sé que sí, estimada amiga —hablé mientras caminábamos por el pasillo del cine—. El día como la noche se ensamblan perfectamente procreando un majestuoso atardecer —uní mis dedos formando un corazón.
—¿No te callas nunca?
—Me ofende que no sepas la respuesta a tal interrogante, joven Welch. Es un dia de esparcimiento. Qué bello dia.
—¿Qué se supone que estás haciendo?
—Uso palabras cultas, ¿ves? uso tu dialecto para que me entiendas.
—Mae, entra a la sala y mantente en mi radio visual, ¿bien? Si te pierdes ya sabes que debes ir a la zona de objetos perdidos y preguntar por un adulto.
—Mia, ¿quieres que te golpee?
—No.
—Entonces vamos a ver la película.

Mia sonrió y me entregó el señor envase de popcorn que había comprado, para sólo llevar el suyo. El que tenía caramelo.

—No sé cómo puedes comer tanto dulce.
—Pues yo no sé cómo puedes ser tan fastidiosa y aun así te soporto.
—Así me quieres.
—Lamentablemente —afirmó tomando un buen puño de popcorn y engulléndolo como si no se hubiera alimentado en cinco años.
—Qué grosera, ¿no te han enseñado modales? Qué vergüenza, qué nivel —negué con la cabeza y la imité esta vez tomando dos puños y rellenando mi boca como si estuviera haciendo el Chubby Bunny Challenge.
—A veces me pregunto por qué somos amigas. Luego te veo... Así —me señaló y sonrió— y lo entiendo —yo reí y la abracé. Mientras lo hacía, tomé un poco de su soda.
—Siento que estás tomando algo y más vale que saques tu boca de palomitas saladas de mi pajilla.
—Tenía sed —hablé luego de pasar el líquido y me acomodé en la silla— ¿qué vamos a ver?
—Una con Christopher Riddlefly.
—¿Quién?
—El mejor actor del universo.
—Claro... ¿Está bueno, no?
—Sí —rió bajito mientras tomaba de su soda y se desparramaba por la silla mirando hacia arriba.
—¿Es tu bebé numero un millón doscientos cincuenta mil cuatrocientos veinticuatro?
—No, es mi bebé numero un millón doscientos cincuenta mil cuatrocientos veinticinco.
—Por supuesto, un bebé más a la lista —hice una seña de visto y dirigí mi vista al proyector.

Pasamos toda la tarde en la calle; hicimos muchas cosas de las que habíamos hablado para hacer cuando nos viéramos. Ir al cine, engullir una súper hamburguesa, entrar a los juegos para niños del centro comercial... Qué lindo.

—¿Viste la cara del supervisor? —se rió mientras salíamos de la tienda.
—No pueden tomarse fotos con el maniquí, señoguita —Lo imité y ella volvió a carcajearse.
—No puedo más. ¿Me acompañarás al trabajo?
—Me encantaría, pero el abuelo me dijo que le ayude con los cachorritos... De todos modos te veo más tarde, ¿bien?
—Genial, le diré a mamá que aceptaste para que deje de preguntarme —sonreí y volví a aplaudir.
—Sigo siendo su fan.
—Se lo va a creer —yo sonreí de lado y me despedí para subir al auto y regresar a casa del abuelo.
—Chiqui aquí.
—Abuelo acá.
—Un... Griffin te saludará —hablé en tono dubitativo y él rió.
—Yo no soy Griffin, chiqui.
—Oh, cierto —sonreí sentándome en el piso— ¿dónde están? Tengo muchas ganas de verlos.

Tani, su perra había dado a luz a cinco cachorritos semanas antes y el abuelo me había dicho que no podía cuidarlos a todos. Entonces se me ocurrió.

—Abuelo, creo que ya sé quién podría cuidar a dos de ellos —sonreí y tomé mi teléfono.

De: Muffin.
Hora: 14:25 pm.

«Coucou, copain! Te escribo para preguntarte algo. Responde en cuanto veas el mensaje».

Guardé el teléfono y diez segundos después tuve que volver a sacarlo.

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