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1. Juramento de sangre

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No sabía cuánto tiempo más lo iba a soportar.

El ruido del carruaje en movimiento me recordaba que era la primera vez que salía oficialmente de casa y sus trompicones ocasionales me hicieron contar la cantidad de paisajes de los que había sido privada. Estática, le eché una ojeada a través de un resquicio a las calles cenicientas y a la gran afluencia de ciudadanos en ellas.

Todo era nuevo para mí. Desde la silueta armoniosa dibujada por las casas adosadas hasta la autonomía llena de gracia de la que los transeúntes gozaban, susurrando, al divisar mi carruaje, el último del desfile.

Las cosas que conocía consistían en palabras y, en teoría, eso era la realidad.

La escena me hizo caer en cuenta de algo. Yo era parte de la nobleza. Hacía que mis súbditos se alteraran de esa forma con solo aparecer, igual que un apéndice con una función desconocida para ellos que existía y no se lo consideraba como un órgano importante hasta que explotaba. Mi supuesta importancia era una farsa.

Pero, ¿qué era la vida real si no era una mentira?

Estaba llena de maravillas, mitos y mentiras. Mi vida era un cuento de hadas. Cuando la gente pensaba en uno, creía de inmediato que poseía un final feliz y eso solo era la versión cambiada para satisfacer al público. La original y la verdadera historia era sangrienta, retorcida y dolorosa. Por ende, cada vez que veía a alguien feliz, significaba que era terriblemente miserable.

Yo lucía miserable.

Me arrojaron de un barranco sin aviso alguno, aun así, no me asustaría, disfrutaría de la caída rauda camuflada como un vuelo, y al tocar el agua, pelearía contra la marea. Pues me sentía como una niña con un nuevo juguete, el mundo, y me gustaba cómo inició el juego.

―Falta poco para que bajes, así que, ¿puedes hacerme el favor de sentarte como corresponde, Kaysa? ―solicitó Nora.

Mi madre de cuarenta y tres años yacía frente a mí con su acento escocés indisimulable, su cabello castaño claro, sus ojos topacio como piedras preciosas, y su actitud mordaz. No la consideraba un individuo que destacase por su maternidad, ni por ser muy cálida. Lo único que le agradaba era que las cosas se hicieran a su modo y solo en la última nos asemejábamos.

―Sí, puedo ―mascullé con una falsa expresión carialegre y enderecé mi postura.

Mis padres e instructores justificaron mi falta de libertad con discursos sobre la precaución. Existían riesgos en el exterior que ningún heredero proveniente de la capital podía correr jamás, al menos eso decían.

Si me ponía a reflexionar, era un tanto irónico. Necesitaba protección del reino que debía salvaguardar. La base del gobierno era una excelente dosis de sarcasmo. Tenía sentido. Mientras las personas fueran números y los lugares, líneas en un mapa, las cosas serían más sencillas de administrar.

No necesitaba verlo.

Bueno, para ser franca, repetí dicha excusa por años.

Me había refugiado en las paredes de mi casa, viajando a través de las páginas de los libros, y oculté mi rostro en público con un velo por orden de mis padres para que los demás no supieran cómo lucía hasta el momento de mi presentación oficial ante la sociedad.

Eso era hoy.

La velocidad del coche no se equiparaba al ritmo de mis latidos. Estaba demasiado nerviosa. Procuré que mi semblante se mantuviera impasible, sin embargo, en un sector recóndito de mi mente, cientos de pensamientos me atacaban. Uno en especial: el no lograr superar las expectativas.

Perfección. Una palabra que en definitiva no tenía una definición precisa y que quería ser alcanzada por todos. Se clasificaba como un anhelo muy popular al punto de convertirse en una presión constante para cada persona; como seres humanos debíamos aspirar a serlo para lograr ser aceptados. Debían idealizarte y admirarte. Se había creado una moral y una ética que declaraba cómo debías comportarte y qué era apropiado sentir o no. Te indicaban la manera en la que debías vestirte, hablar y pensar. Éramos un producto de la sociedad, no muy diferentes a títeres manejados con cuerdas invisibles y había que conformarse con eso si se deseaba sobrevivir.

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