Te engaño al principio, y a otros después

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Subía los escalones de dos en dos. Estiraba lo máximo posible sus pequeñas piernas para poder alcanzar el andén de la estación lo antes posible. Pequeñas gotitas de sudor corrían por su frente delatando su verdadera naturaleza: las prisas que no quería aparentar tener.

Llegó por fin al último escalón y paró en seco. Vio un cartel publicitario cualquiera que la dejaba ver su reflejo en el cristal transparente. Se acercó lentamente y limpió el sudor de su frente con la manga. Estaba jadeando, se tranquilizó en cuestión de segundos y se quitó la coleta que llevaba. Revolvió su pelo un poco y se lo acomodó para que pareciese que estaba peinada a consciencia y no que acabase de meterse la carrera de su vida.

Era una chica joven. Con una mochila realmente abultada por detrás. Parecía universitaria.

En seguida caminó un poco y llegó al fin hasta el andén de la estación. Empezó a moverse de una forma completamente distinta, como si fuera frágil y delicada. Totalmente lo opuesto a los movimientos amplios y rudos que acababa de realizar.

Miró a su alrededor, como si buscara algo. Y en seguida lo encontró. Se acercó a un hombre mientras dirigía su mirada hacia otros lados, tratando de disimular sus verdaderas intenciones. Se sentó a su lado y sacó una funda cuadrada de uno de los bolsillos laterales de la mochila, probablemente de una tablet, pero estaba abultada de una forma extraña, como si hubiera algo más grande dentro.

El hombre era un tipo grande. Tenía un gorro de lana que tapaba su frente e iba completamente vestido de color negro, mientras leía un periódico. Con varias cicatrices en la cara y aparentemente musculado, tras toda esa ropa de abrigo de invierno.

El viento frío comenzó a llevar copos de nieve salvajemente de un lado a otro. El tren estaba a punto de llegar. El hombre no prestó la más mínima atención al aviso ni se levantó como otros pasajeros que querían cogerlo.

Ella se levantó y dejó su funda atrás. Mirando por el rabillo del ojo lo que él estaba haciendo. Se subió al tren y esperó en la puerta, mirando hacia él, segura de que no iba a montarse. Y cuando los pitidos que indicaban el cierre de las puertas comenzaron a sonar, gritó.

— ¡Mi tablet! — El hombre bajó el periódico, miró hacia delante y vio la cara de susto de la chica, señalándole la funda que se había dejado al lado suyo.

El varón se desperezó rápidamente, alcanzó la funda que tenía al lado y galopó hacia la puerta del tren como mejor pudo, sin siquiera plantearse por qué la chica no iba a por ella en vez de haberle dicho a él que se la diera. Las puertas se le cerraron en sus narices, tal y como había planeado.

Se quedó como un pasmarote con la funda en su mano, mientras la chica puso una cara triste forzada y pasaba su dedo índice desde su ojo a su mejilla, imitando un lloro falso, como burlesco. El tren salió y él quedó confundido a más no poder. ¿Por qué acababa de burlarse de él? Notó una forma extraña en la funda, y la abrió para ver qué era. ¡Estaba llena de arroz! ¿Qué significaba aquello? Pero había algo que la hacía abultarse de una forma extraña.

Metió la mano para sacar lo que había ahí dentro y cuando levantó el brazo de nuevo, se encontró con una pistola en la palma de su mano.

De pronto, la policía apareció del mismo lugar de donde ella había salido, sudorosos y con sus armas en alto, apuntándole, y su imagen se perdió en la lejanía, con el tren avanzando a una velocidad que sus piernas jamás alcanzarían.

Ella se quedó mirando, comprobando que todo hubiera salido según lo planeado. Abrió su mochila y había una cantidad ingente de billetes enormes. Dinero a raudales y un móvil antiguo encima de todo aquel valioso papel.

Cogió el teléfono, lista para hacer una llamada, y cerró la mochila, volviéndose a convertir en la maleta de una inocente universitaria, para que aquel hombre anónimo se convirtiera en el criminal temporalmente, únicamente por el poder de la apariencia.  

La chica de las aparienciasDonde viven las historias. Descúbrelo ahora