2. Toma mi pañuelo

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Si regalas un pañuelo, según mi madre, lo tienes que hacer con una moneda adentro, de otra forma solo te traerá mala suerte y desgracia, y le dirás a la otra persona, de una forma no muy directa, que pasará hambre por el resto de su vida. ¿Así o más supersticiosa?

Así que pensé dos veces antes de subir al tren aquella tarde abril, vi por la ventanilla como el único amor de mi existencia se iba en el otro tren sin ningún recuerdo mío de manera terrenal, solo su basta y finita memoria. ¿Hubiera sido capaz de darle mis deseos de pasar hambre el resto de su vida? No, de ninguna manera, no le podría hacer eso al amor de mi existencia, ¿Qué clase de persona era? Pero, ¿Sería capaz de que se olvidara tan fácil de mí?

No tuve más opción que dejar la historia hasta ese momento, con el pañuelo en la mano saludando de ventanilla a ventanilla, llorando y rogando que la guerra no lo devorara, ni a mí. Sus ojos brillantes, su cabello negro, su voz tan varonil, su perfume de marca y sus gestos galantes. Temía que se borrara de su rostro ese mohín que hacía cuando yo hacía tonterías, o ese gesto divertido que lo hacía tan particular, su mirada sensual por las noches y los cálidos abrazos hasta quedar dormidos.

Pero...

Él iba a la batalla, y yo a un pintoresco refugio en el campo. Él comía sobras con sabor acartonado, y yo banquetes deliciosos con gente de la alta sociedad. Él me recordaba a pesar de todo, y yo lo olvidaba sin más.

Usaba vestidos, coqueta y sonriente, hablaba con esos hombre sosos y llenos de pretensiones que solo querían desposarme porque de alguna manera era 'eso que buscaban'.

Pasaron los años, y no encontraba eso que tanto buscaba, mucho menos ese pañuelo que había guardado con tanta vehemencia, ¿Por qué lo había guardo? Tan bien guardado que no lo encontraba. Me dije "Es tiempo de seguir", y así lo hice, pero sin saber por qué. Sintiendo en mi interior un vació tan grande que no podía definir con palabras concretas lo que estaba sucediendo, ¿Qué más me faltaba? ¿Seguridad? ¿Paz? ¿Alimento?

Una tarde de abril, cuando ya estaba bastante mayor, pero no lo suficiente como para que las mujeres me dijeran solterona, me encontraba sentada sola en ese refugio en el campo, admirando el verde del paisaje y el cantar de las aves. Un hombre llegó, cansado, destruido por la guerra, algo cojo y maltratado, con una bolsa sobre su hombro que eran sus modestas pertenencias, y en su mirada un brillo peculiar. Me levanté de esa mecedora tan horrible que aprendí a querer, y corrí hacía él como si lo reconociera, con un nudo en la garganta y lágrimas en los ojos, vi como extendía su mano, con un pañuelo, lo tomé y dentro había una moneda y un anillo, y escuché de su boca salir;

"No pude dártelo en el tren, era lo único que tenía de ti... toma mi pañuelo, cariño." 

AntologíaWhere stories live. Discover now