02 | Sabes lo que dicen de los búhos, ¿no?

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No eran comunes pero sí existentes, las veces en que Focus despertaba en otra cama.

Era, afortunadamente, siempre la misma cama, siempre la misma persona. Y, aunque nada de aquello hacía menos vergonzoso el hecho, la recompensa se encontraba cuando sus ojos se abrían y él estaba allí.

Existía una sola excepción para la vergüenza, además.

Eran días como éste, en los que la timidez o el sarcasmo no hacía soberanía sobre sus réplicas; días en los que su pareja aún reposaba a su lado, dormido y ajeno a todos los pensamientos que apresuraban la mente del cuervo.  Días en los que podía aprovechar la quietud para apreciar las facciones marcadas, tan características de su contraparte, o como el cabello alborotado en colores anaranjados, crema y castaños, que cubrían parcialmente su frente.

Días como estos eran sus favoritos, cuando los dígitos pueden reposar y deslizarse libremente por su mejilla, hasta la sutil barba de tres días que parecía traer todo el tiempo. El pulgar presiona en su mentón con parsimonia y sólo un poco de insistencia; en otras circunstancias, habría negado que estas cualidades le resultan atractivas, pero la honestidad siempre se le atribuye cuando no hay nadie más con quien aparentar.

Es incluso inevitable pensar que considera atractivo también donde la mirada puede seguir desviando, bajando y bajando por el torso descubierto y la piel bronceada.

Pero, si debe nombrar favoritismos, nada le gana a lo que ahora entra en falta, algo primordial. No podrá nunca ser su vista favorita por completo, sin poder divisar los ojos cálidos que brillan en anaranjado, los que nunca tienen más qué alegría y afecto, cuando son dirigidos hacia él.

Decide así que no comenzará su día hasta que pueda divisarlos, y por ello, —posterior a una breve caricia que deja en su pómulo—, se acomoda cercano al contrario; sus ojos vuelven a cerrarse. Podrá hacer una excepción y dormir un rato más, sin pensar en consecuencias.

Es sólo unos minutos después que el cuervo concilie nuevamente el sueño, en que Fargan despierta.

A diferencia del contrario, sus mañanas no tienen tanta claridad de buenas a primeras. Inicia con un par de bostezos que esconde tras el dorso de su puño, y continúa por estirarse en el mueble, dentro de lo posible; la torre jamás ha tenido mucho espacio para más que algunos acotados movimientos sin pensar.

Llama rápidamente su atención el recordar que junto a él se encuentra alguien más, en específico, el siempre puntual Focus. Por lo general, Fargan no tiene la suerte de encontrarle a su lado cuando pasan la noche juntos, pues cada que despierta, el cuervo ya se ha levantado varias horas antes.

El búho es distinto. Pues no pierde dicha oportunidad para arrimarse, pasando el brazo por sobre el torso ajeno hasta que su palma se acomode a gusto por la espalda baja. Fargan siempre está cálido, por lo que el cambio de temperatura al tocarle cae más bien como una excusa perfecta para seguir acariciando por debajo de la camiseta. No tiene ningún afán de insinuación, sino un simple gesto mimoso, como los muchos que ha adquirido desde que aquel hombre se convirtió en su pareja.

Su pareja.

Es un secreto a voces, más bien; una broma que va de boca en boca, sin realmente serlo. Fargan siempre ha admitido abiertamente sus sentimientos, mientras Focus simplemente ignora las preguntas de más, o evita temas que no conciernen a nadie sino a ambos. En su mayoría, el pueblo se lo toma a base de bromas o fastidios entre amigos, algo de lo que Fargan nunca se ha eximido. No obstante, nadie ha puesto jamás en duda que Focus pertenece a Fargan, y Fargan pertenece a Focus.

—Ey, despierta… —comienza a insistir en voz baja, repartiendo besos por sus cabellos. —Focus, que se te ha ido el tren, a levantarse. —anuncia entre risas.

—Está dormido, déjalo en paz. —responde somnoliento el cuervo, que ha recobrado algo de vigilia desde que sintió la cálida palma por su espalda. Sus ojos se mantienen cerrados de igual modo, y apenas hace amago de moverse en la cama. Toma mucho más de sí el no reírse por las pueriles acciones que le prosiguen.

Zarandeos flojos entre sus brazos es lo que le sigue, un par de piquetes con la punta de su nariz en su mejilla y, por último, un bufido fastidiado que ha chocado contra su piel. Fargan no está conforme, por supuesto; y por ello ha decidido hacer su único objetivo el obligarle a abrir los ojos.

No tardaría en jugar sucio, era claro. Y, cuando el movimiento cesa, el búho se cuela más abajo en la cama, para que sus labios puedan alcanzar el cuello ajeno en nimios besos, uno tras otro.

Es increíble para Focus dar cuenta de su memoria. Fargan parecía siempre conocer al pie de la letra cada punto sensible en su cuerpo. Sólo bastaba reconocerlo una vez para que el búho grabase en sitio específico en su mente.

En definitiva, aquel hombre siempre iba un paso adelante.

Los ojos del cuervo se abren de par en par cuando sus manos comienzan a deslizarse también, sin un atisbo de pudor encima. —Pero, ¿qué haces, hombre? Quita ya… —alega al tiempo; es rápido no sólo en la moción, sino en atrapar la mano que ha estado husmeando, contra las sábanas. En unos momentos, Focus se encuentra sentado sobre su abdomen, mientras las mantas caen a un lado de la cama. —Sabes lo que dicen de los cuervos, ¿no? No vaya yo a sacarte los ojos.

—Buenos días, cariño. —canturrea divertido el búho, sonriendo de lado a lado, victorioso en su cometido. —Hoy amaneciste guapísimo. —molesta, aprovechando la posición para palmear su pierna, afable.

—De verdad, Fargan… —se queja luego de un suspiro. Él mismo no sabe cuándo se ha vuelto tan débil a la ligereza del hombre frente a él. Es fastidioso, a su modo, que la sonrisa nunca escape de sus labios. —… Buenos días. —decide ceder, dejando su mano en libertad. Está pensando en las posibilidades y, si es sincero, levantarse aún no figura como la más deseable.

Recuerda entonces su motivación; la mirada cae inevitablemente en sus orbes, y el búho le mira de vuelta, expectante. Él mismo no da cuenta cuando las comisuras de sus labios se curvan hacia arriba y los ojos se entornan en él. —No que me esté quejando, pero… —el mayor de ambos inicia, al notar que el cuervo no planea escapar. —¿Alguna razón en especial para verte por aquí a esta hora? Normalmente me haces creer que fue un sueño y jamás has estado aquí.—deja en gracia, esperando justamente la mueca que ahora recibe de su contraparte.

—… Hoy tenemos trabajo; en conjunto, digo. Pensé que sería mejor vigilarte para que no intentes huir a otros pueblos. —explica, casi de forma natural; por supuesto, Fargan no ha comprado nada de ello, a partir de la pausa en su hablar o el titubeo de su mirada y su voz. —¿De verdad es eso, Focus? —insiste, por consecuencia. La mano en libertad va a apoyarse en su pierna restante, aplicando un poco de presión en ambas. Poco común sería para ambos admitirlo, pero Fargan fácilmente le dobla en números cuando se trata de fuerza. —¿No es porque querías apreciar mi bello rostro mientras dormía?

La pregunta cae como un saco de arena en la expresión del menor, quien ahora demuestra algo más similar al desconcierto. —¡¿Estabas despierto?! Pero- —la voz no irradia tanta molestia como lo hace en vergüenza; dubitativo como nunca.

Una vez más, la risa escapa fácil de los labios del búho, quien no responde enseguida a tan sentida pregunta, ni le permite continuar. No, en vez de ello, aprovecha la distracción para girar y cambiar las posiciones, asegurándose de sostenerle bien antes de dejarle sobre la cama, y la diestra cubre los labios ajenos, para dejar un beso furtivo sobre el dorso. No es avasallador, sino con propósito; aún con sus propios aires de querer hacer y deshacer a su antojo, no iría a perturbarle de ese modo nada más despertando. Va un paso adelante, aún en los regaños que recibe.

—Estaba dormido. —admite, cuando se aleja y la mano deja de cubrirle. —Me lo acabas de confirmar tú. —y con ánimos de travesura y buen humor, el búho se levanta de la cama, estirándose con pereza. Le dedica una mirada de medio lado. Cómplice. —¡Va, a moverse, que el trabajo dignifica!

Es el primero en abandonar el cuarto, dejando atrás a un desconcertado Focus, quien apenas da cuenta que ha sido engañado.

En definitiva, aquel hombre siempre iba un paso adelante.

No Me Mires |  FarCusDonde viven las historias. Descúbrelo ahora