Capítulo 9

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La comida había sido un espectáculo. Los sabores parecían mucho más intensos, más sabrosos. Gina se reía con cada una de mis caras, cuando escuchaba o veía algo asombroso. Sus amigos me habían acogido muy bien, me había fijado en que Jaime siempre hacía reír a Gina y de que Alice miraba de reojo en ocasiones al fondo de nuestra mesa. El comedor era el típico lugar soñado e imaginado para un sitio como este. Cuatro mesas largas de madera y bancos corridos, siguiendo la estela del estilo gótico, era como si siglos anteriores se concentraran en esta sala.

–– Te acompaño al despacho de Agatha –– dijo Gina, levantándose del banco de madera ––. Hoy es el único día que podemos venir con este tipo de ropa, así que disfruta de la suavidad del vestido que llevas, porque mañana seremos unas aprendices ataviadas con ropa de cuero.

La seguí a su paso.

–– Me he dado cuenta de que hay Custodios que visten con ropa más antigua –– no sabía cuál era la palabra adecuada.

–– Hay dos clases de Custodios, los que han nacido en un mundo sin magia y otros que han nacido en este mundo. Muchos de estos Custodios no conocen lo que es un teléfono móvil, o lo que es un televisor, algunos si han visto o tenido de eso. Incluso a muchos les gusta vivir en ambos mundos, como es el caso de mi familia. Mis padres trabajan aquí, pero también viven en el otro. Les gusta ver la televisión en su sofá, comer pizza e ir al cine.

–– ¿Hay algún problema entre ambos Custodios? –– pregunté dubitativa.

–– No, ambos mundos se respetan. Nadie es inferior ni superior por haber nacido en otro mundo.

Asentí.

–– Mira, Anubis y Miranda ya han llegado.

Sonreí al ver a Anubis. Me agaché y le acaricié entre las orejas, me fijé que tenía algo rojo en el hocico y en las patas delanteras.

–– ¿Has cazado?

Miranda se echó a reír.

–– Ya te dije que lo haría, está en su naturaleza, venga, entra ya. Luego quiero que vayamos a dar un paseo hasta tu cabaña.

Asentí.

Miranda se separó de Anubis, no sin antes dedicarme una última mirada.

–– Gracias por ayudarle, Miranda –– dije guiñándole un ojo. La loba asintió con la cabeza.

–– Te esperaremos aquí fuera.

Me despedí de ambas y abrí la puerta despacio para dejar entrar primero a Anubis, la cerré tan pronto pasé por ella.

Agatha se sentó en una silla de madera robusta, detrás de su mesa.

–– Perfecto, señorita Morgan. La estábamos esperando.

Me quedé estupefacta cuando vi quién la acompañaba.

–– ¿Rosalie? –– preguntó con esa sonrisa boba en el rostro.

–– Jason.

–– No me esperaba verte aquí, no sentí nada cuando te vi el otro día en el pub –– se le veía contento de verme. Se levantó rápidamente de su silla y se detuvo cuando Anubis le gruñó. Otro lobezno, del mismo tamaño que Anubis, de color gris oscuro le gruñó a mi lobo.

–– Duobus, por favor. Nadie va a hacerle daño a vuestros Custodios –– les reprochó Agatha.

–– Anubis, tranquilo –– me agaché para tranquilizarlo. Tenía el cuerpo tenso.

–– ¿Anubis? –– se quedó absorto mirándole ––. Solo una escritora podría tener un macho y ponerle un nombre a su Duobus, que signifique vida y muerte a la vez –– dijo Jason tendiéndome la mano. Me sorprendió que no dijera lo mismo que el resto.

El Guardián de la luzDonde viven las historias. Descúbrelo ahora