PRÓLOGO

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               Las gotas de la espesa sangre recorrían el interior de sus rodillas, el frío del exterior se comenzaba a manifestar, la adrenalina que había experimentado le cegaba las terminaciones nerviosas y no dejaba que su cuerpo percibiera ese día de invierno como tal. Nina o Amina, como realmente se llamaba, padecía del shock más inmerecido de su vida, aún no podía creer el nefasto resultado de la entrega al hombre que creía haber amado más que a ninguno.

             Cayó de rodillas, cual película en su final, tragó saliva tratando de asimilar el charco de sangre que la contaminaba poco a poco por sus muslos hasta empapar su ropa, casi por completo. Sorbió por la nariz y se trató de limpiar los dedos, - que aún no lo sabía, pero la mayoría estaban fracturados – las palmas de sus manos y sus muñecas, a medida que se intentaba secar parecía estar más manchada que antes. Sus emociones eran indescriptibles, sólo pasaban las sirenas de la ambulancia, de la policía y otras que se mezclaban y no podía distinguir.

         Tambaleó y el dolor de acumuló en sus muñecas, sus falanges y sus articulaciones como si hubiese peleado en un ring con el peor de los luchadores. Sus pómulos les ardían, hervían y recién entendía por qué. Se giró de una sola vez y se repasó las manos por el rostro despejando algo imaginario que creía que tenía.

       Se aturdió de repente y no creyó mantenerse en pie, desde allí sólo un gran destello blanco la cubría, su cuerpo sucumbió a la calle húmeda y carmesí, <<los párpados solían ser más fáciles de abrir >> pensó sonriendo como si cediera a la debilidad de sus músculos fuera del rango adrenalínico. Sus gruesos labios se abrían intentando respirar algo más que aire sucio, se llevó instintivamente la mano derecha a su vientre y chilló agudamente por el dolor en la zona.

       Estaba herida, pero no podía recordar el momento ni cómo se la había causado, mucho menos quién. La amnesia temporal era muy frecuente durante los shocks traumáticos, y definitivamente a Nina le sobraban preguntas en su cabeza. Volvió a echar una risa de histeria y estrés. Su madre estaría muy decepcionada, si estuviese viva, oh y claro... la Tía Ester siempre diciéndole al terminar la cena de los domingos <<Lucha por él, pero haz todo en tus manos para no decepcionarte a ti, el resto no importa>> ¿Qué tan decepcionada estaba de sí misma? ¿Tan diabólico era aquello que la seguía atando a él? ¿Qué tan cerca estaría del psiquiátrico cuando la encontraran allí? Las preguntas estaban, las respuestas quizás muy alejadas de su cerebro en ese instante.

<< ¿Amina? >>

<< ¿Sí?>>

<<¡Corre!>>

       No era anormal que se respondiera algunas cosas a sí misma, y su cerebro la obligaba, su cuerpo no respondía en lo absoluto y sonreía por esa lucha mental con lo evidente.

¿Debía correr?

         Amina debía huir de la escena antes de que siguieran martillando las decepciones mientras estaba en el suelo, en camino a la hipotermia, de eso ya se estaba dando cuenta cuando desgarrantes gritos de dolor la perseguían, comenzó una huida impredecible, se arrastró unos cuantos metros y dio uno que otro meneo para pararse, la voz seguía insistiendo a chillidos voraces, como si un dragón la acechara, trastabilló cerca de la vereda para subir y se sostuvo el vientre como si llevase algo en sus manos, <<era sólo sangre>> pensó inspirando con fuerza, trataba de ignorar el ruido que salían del ser que la perseguía.

          Los gruñidos se acentuaban conforme las sirenas se imponían, como si formasen una batalla de gritos y alarmas, pero aquello era peor que eso, más violento que una sirena o alarmas existentes, ese aullido era desde el alma de un ser destruido, o desde lo que quedaba de ella.

         De un minuto a otro, la conmoción se había apoderado de ella, de su mismo cuerpo, su cerebro le encomendó huir y eso hizo. Era humana, debía aceptar que en cualquier momento se iba a desmoronar, pero Nina batallaba como si de eso dependiera su vida, recordó a que a pocos metros desde donde estaba, había una especie de cabaña vieja, de madera y algunas planchas usadas, simulando una bodega de bosque. Se detuvo mirando hacia alrededor y ya no oía los gritos, ni los desaforados bomberos tratando de dar con la escena. Estaba en completo silencio, tanto que le temía, temía incluso de su propia cordura. ¿Cómo no iba  temerle al silencio, si estaba en medio de un caos hace instantes y ahora en medio de la nada? Observó e inspeccionó el lugar, al costado del asfalto, sólo había piedras y árboles, nada de bosque, pero árboles desechos por el invierno que le daban más que paisaje tétrico, éstos formaban una hilera en el camino.

            Nina caminó temerosa por cada paso que daba, cada piedra que pisaba lo hacía con cuidado, desconfiando hasta de la realidad que la rodeaba ahora en completo silencio. Ni siquiera autos. ¡Por Dios! Era una autopista, tendrían que haber autos, parecía una maldita película de terror hollywoodense. Se adentró por el pequeño caminito que forjaban los árboles y se detuvo para tomarse el vientre otra vez con mucha más ímpetu, sostenía algo que no sabía lo que era hasta que se miraba a sí misma descubriendo que no existía tal cosa. No sentía los dedos y comenzaba a entumecerse poco a poco, experimentando el frío y la humedad doblegándola.

         Se sentó, como si se escondiera detrás del tronco de un pino y cerró los ojos por fin, Nina cedió completamente adolorida, atormentada por esos gritos, que se escuchaban aún en su cabeza persiguiéndola. Acomodó sus dedos imperceptibles y con yagas que no sabía cómo habían llegado allí, formó un ovillo con su cuerpo y se entregó al sueño, al cansancio o a lo que fuese y decidió que no podía soportarlo más.

           La intro más larga de la historia, la canción Hotel California de Eagles, iba poco a poco internándose en sus oídos y percibió el olor a cigarrillo barato, la música se acentuó y una voz la despertó, casi dando un salto por el cambio de melodía.

- Welcome to the hotel California, such a lovely place.

Such a lovely fase... plenty of room at the Hotel California

      Nina se percató que ya no estaba sola, las hojas crujían por las pisadas fuertes de alguien que no sabía por qué, pero cantaba a duras penas el inglés de Hotel California. Se asomó intentando no hacer ruido y el tipo de más de 1,80 de alto, tenía colgada una radio a pilas, antigua como si fuese un collar, desde allí provenía la maldita canción de Eagles. Siguió inspeccionándolo y parecía haber salido del basural. Exacto, era uno de los aseadores de la carretera y le faltaba oído, porque cantaba terrible y no iba al mismo tiempo que el cantante.

 Yo creo que se tendrá que ir, Señorita. Anuncian tormenta y usted está herida, no quiero líos, sólo quiero que se vaya. – La voz del tipo alto la asustó y se dio cuenta que ya no tendría que esconderse de él. Entendió que no le quería hacer daño, sólo la echaba.

— No puedo moverme — explicó con un suspiro, todavía asustada.

— Oh bien... ¿Quiere que le llame a un taxi? – Preguntó en un tono creíble.

— Sería de gran ayu...

Contestó esperanzada, hasta ser apagada por el hombre otra vez.

— ¿O prefiere un Jet privado? O ¿una limusina? — El tipo, entre coro y coro se reía por el sarcasmo exitoso contra la moribunda de su compañera.

       El supuesto aseador, recogía las hojas y algunos objetos chatarra que le podían servir, seguía cantando cualquier cosa que se escuchara en su radio vieja, Nina echó la cabeza hacia atrás y miró las ramas del pino confundida, pero preparando su cuerpo para dar el siguiente paso. La radio del hombre había dejado de funcionar y éste se puso a tocarle cada tecla y antena que tenía.

     Amina suspiró y cuando empezaba a sentir su cuerpo otra vez, el sonido de un disparo proveniente de atrás, apagó completamente su mirada. 

Bruja de FuegoWhere stories live. Discover now