1. Bajo la Lluvia

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John suspiró, apoyándose en una roca de musgo al borde del camino para tomar aliento, notando la lluvia sobre el chubasquero. "Cajitas", pensó. Cajitas de piedra, apiladas en la cuneta a un lado de la carretera. Seguro que eran algún tipo de espíritu, se dijo, abrazándose, intentando entrar en calor sin éxito. "Los espíritus de los cigarrillos que tira la gente por la ventanilla". Sí, era muy gracioso. Muy gracioso, pero muy inútil en su situación. Alzó el rostro, permitiendo que la lluvia le lavase un poco las magulladuras de la cara, y miró a la roca en la que se había apoyado. Y se le heló la sangre en las venas.
Un rostro lo miraba, un rostro sonriente en la roca, cubierto de musgo. Pegó un salto, apartando la mano por si acaso era un espíritu. Aquel lugar parecía ser muy tradicional. El misticismo japonés estaba a la orden del día: Kitsunes, espíritus, kaijuus... Puede que John no fuera japonés, pero se los sabía todos. Por eso estaba allí. Notando la mirada de piedra de la estatua, se inclinó mucho y muy respetuosamente ante ella, por si era algún altar antiguo a un dios sintoísta de los caminos o algo por el estilo, y continuó su camino, volviendo a echarse al hombro el macuto con las pocas posesiones materiales que le quedaban.
Había ocurrido todo tan deprisa... Hacía apenas unos meses era un ilusionado estudiante de animación en una universidad estadounidense, y ahora... Tragó saliva, decidido a no pensar en ello. A no pensar en los gritos de la gente del pueblo que quedaba a sus espaldas, o en las luces rojas y azules que apenas había dejado atrás. No, ahora eso no importaba. Ahora lo único que le importaba era encontrar un sitio lo suficientemente seco como para resguardarse de la lluvia, pasar la noche y decidir a dónde ir.

Y, como si los dioses japoneses lo hubieran escuchado (Tenía claro que, al menos Susano'o, el que decían que era el dios de la tormenta, estaba cerca en aquel momento), la espesura se abrió un poco más allá, y le mostró su destino. De color rojo, con una capa de agua brillando en su superficie y un aspecto ciertamente destartalado, el edificio había aparecido sin previo aviso. Como antiguo portaaviones encallado en una playa desértica, viejo, decrépito y oxidado, aquel edificio parecía haber encallado allí procedente de un pueblo o una ciudad lejanos, recortado de un libro de historia, diciéndole a quien quiera que lo mirase que debía estar alegre. Que aquel rojo no estaba desvaído, que aquel reloj seguía funcionando. Una vieja estatua sonriente como la que había visto antes le sonreía, como un mayordomo invitándolo a entrar.
Pero a John no le importaba que la fachada estuviese destartalada, que la pintura se estuviera cayendo, que el reloj tuviera musgo en las agujas. Le importaba que había un techo, un lugar resguardado y en el que nadie intentaría darle caza como a un criminal. Así que se acercó al edificio y palmeó la estatua según pasaba. Antes de entrar, no obstante, se dio la vuelta para mirarla de nuevo... Y se detuvo en seco al darse cuenta de que seguía viendo aquella enigmática sonrisa de piedra. Se había dado la vuelta, pensó. No había duda. Era un espíritu, un verdadero espíritu japonés que lo había visto en el bosque y le había concedido su deseo de tener un lugar seco y cubierto para pasar la noche, un lugar seguro en el que lamerse las heridas.

La oscuridad del túnel lo envolvió, y con ella quedó atrás el sonido de la lluvia y el temor de que lo encontraran al final. Se abrazó a sí mismo mientras avanzaba, pensando en lo que le había llevado allí. Ellos no tenían razón. No, todo había sido un malentendido. El no era más que un estudiante americano, un apasionado de Japón. Lo había visto y leído todo sobre sus forma de vida: Películas, series, manga... Se había empapado de la cultura nipona hasta que se había considerado un experto de sus costumbres. Era prácticamente japonés por absorción de conceptos. Y aquel viaje... Era el viaje de su vida, para disfrutar de todos los lujos que hasta el momento habían permanecido en la ficción. Era un encuentro final con la cultura que prácticamente idolatraba. Pero al llegar allí... Al llegar allí las cosas habían sido distintas. Los mangas y las series le habían engañado. ¿Cómo iba a saberlo? El concepto de espacio personal, del contacto, del respeto... Vale que el material de referencia no siempre había sido lo más decente posible, y que ni siquiera en casa era la persona más sociable del mundo, pero... ¿Cómo iba a saber que las geishas no eran...? Había sido un malentendido, pero la había liado. La había liado pero bien. Y ahora lo único que podía recordar al huir, sabiendo que no podría volver al apartamento que había alquilado, eran los silbatos y las luces rojas y azules de la policía mientras corría y caía por los boscosos alrededores de la ciudad.
Había sido un momento de desesperación, un momento de terror irracional que lo había empujado a lanzarse campo a través. Confuso, aturdido, herido bajo la lluvia por las caídas, se había convertido en un fugitivo. En un delincuente. Sus errores pasados parecieron echársele encima en la oscuridad del pasadizo, y cayó en cuclillas, apoyándose en la pared. Se suponía que iba a ser una estancia lujosa en Japón, una forma de empaparse más aún de su cultura. Pero ahora sólo le quedaban unos tristes billetes mojados en la cartera. La desesperación de no ser atrapado como un bicho raro y juzgado, o deportado, o quién sabe qué. Y necesitaba una vía de escape.

AbandonadoWhere stories live. Discover now