Capítulo 21: Corazón roto

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Los pajarillos cantaban alegres, revoloteando con sus alas de todos colores fuera de la pequeña ventana, como si quisieran hacerme sentir miserable al presumirme de aquella libertad a la que yo jamás tendría acceso. Incluso algunos fueron tan descarados como para adentrarse en la torre y robar de mi comida. De todas formas, terminé agradeciéndoles, pues Bri veía que por lo menos "comía" la mitad de mi plato y eso la tranquilizaba un poco.

Estaba siendo injusta con mi amiga, la única que seguía ahí, viendo como día a día me consumía la tristeza y sin embargo, se esforzaba por darme ánimo y mantenerme cómoda pese al lamentable lugar en donde me encontraba. Se esmeraba en arreglarme para mi inminente reencuentro con Mael, trenzando mi cabello y vistiéndome con los vestidos más hermosos. Agradecía su esfuerzo, aunque por dentro yo me veía ya como una causa perdida, ella lo sabía y estaba segura de que era por eso que se esforzaba tanto conmigo. Era la única que nunca perdía la esperanza en mí.

Cuando las horas pasaron, lentas a mas no poder, la falta de alimento y sueño empezaron a notárseme todavía más. Mi cuerpo se estaba afectando, lo noté cuando Briana me puso el vestido de esa mañana y no ajustó a mi cuerpo como solía hacerlo. El dolor de cabeza también fue un efecto colateral. Sentía que la cabeza me punzaba día y noche, calmando el dolor con las pocas horas en las que el cansancio me vencía y terminaba desmayada o dormida.

Si mi mente no me engañaba habían transcurrido cerca de cinco días desde que comenzó mi encierro en la torre.

El comer de a poco y dar pequeños sorbos al agua me mantenía débil, pero ayudaba a no desvanecerme por completo. Moria de hambre, pero es que cada que llevaba comida a mi boca no podía evitar preguntarme si también alimentaban a Nathaniel o si Mael probaba bocado. Estaba mal, lo sabía, pero mi mente me traicionaba, culpándome en todo momento, haciendo que se formara un nudo en mi garganta cada que el alimento tocaba mi boca. El estrés y la preocupación me impedían tragar bocado y el descanso tampoco ayudaba a relajarme. Si dormía las pesadillas aparecían, en donde veía a Nathaniel muriendo, encerrado y solo, provocando que despertara agitada, llamándolo a gritos para después tirarme a llorar.

No podía comer. No podía dormir. Apenas si podía pensar.

Estaba a un paso de la locura.

El cerrojo se escuchó y los pájaros salieron volando a toda prisa, huyendo cual cobardes. Entrecerré los ojos con envidia, desenado poder tomar su lugar y escapar entre los barrotes para perderme en el bosque, en donde nadie pudiera encontrarme nunca más ni pudiera seguir dañando a las personas que quiero.

Mi vista se quedó fija en la ventana, esperando escuchar la dulce voz de Briana, pero el silenció fue lo único que oí.

Extrañada volteé lentamente, encontrándome con Mael al pie de la puerta, paralizado en el lugar, como si le costara un gran esfuerzo entrar a mi mazmorra. Pasaron unos segundos hasta que se decidió a hacerlo y dio un par de pasos cortos y pausados, dejando la puerta abierta tras de sí. Caminó cansado. Parecía casi tan débil como yo y eso me asustó, haciendo que de un salto me pusiera de pie. Me coloqué primero a su espalda esperando que volteara a verme, pero no lo hizo, así que tome valor y caminé hasta quedar frente a él, encarándolo. Su mirada estaba perdida, fija en los muros de la torre.

—Mael —su nombre salió como una súplica de mi boca. Quería que me viera, que pudiéramos hablar de lo que pasó y de mis sentimientos, por más que me costara tocar el tema. Le debía una explicación sincera y estaba dispuesta a dársela.

Después de lo que me pareció una eternidad sus ojos se encontraron con los míos, pero su mirada no era aquella que yo recordaba. Esos iris azules no brillaban como zafiros, sino que estaban apagados, rodeados de cuencas rojizas, como si hubiera estado llorando antes de venir a verme.

La Princesa de ÉireDonde viven las historias. Descúbrelo ahora