Para algunos es fácil comunicar sus sentimientos, sus alegrías, tristezas o pensamientos, pero para mí es imposible a veces.
En algunos momentos me sumerjo en mis caóticos pensamientos y al final no digo ni hago nada de lo que pienso, eso me moles...
Tengo una pequeña historia que me gusta mucho y varias veces la he leído con goce porque me causa de nuevo sentimientos magníficos, y es que como he dicho, vivo a base de recuerdos gratos y bonitos, así que quise compartir este con ustedes.
La luna siempre se jactó de valerse por sí misma y el sol solamente existía sin razón de ser desconociendo su alrededor, pero un día ambos se conocieron e hicieron un magnífico espectáculo con el primer y último eclipse del año, la luna quedó prendada por el astro cálido y brillante, por otro lado el sol se sintió desconcertado al ver que había alguien mas en el cosmos. Ambos querían saber del contrario, pero la luna era quien mas desespero tenia y por ello trato de encontrar al sol en aquella danza agridulce de cada día.
El Dios Creador observaba siempre aquello y se condolió de la pobre luna a quien le dio un toquecito suave en la nariz para mandarla al mundo mortal. —Ve, encuentra a tu amado sol. La luna sonrió ante aquel grato regalo y camino por las calles disfrazada de niña con una vida de mierda que le dejo cicatrices similares a sus antiguos cráteres, conoció la desazón y desilusión; así como también la humillación y la desdicha del ser humano. El Dios Creador le había dicho que encontrara al sol, pero sentía que nunca lo hallaría en medio de tantas desgracias. ... —No se hacer esto... Y la luna volteo sus fanales chocolates encontrando a una niñita de cabellos castaños y ojos marrones que lloraba sobre la hoja de matemáticas. Se quedo muda, estática. Era él ¡Era el sol disfrazado de niña! Era él, y es que le fue imposible confundirlo con alguien mas; porque la calidez que percibió cuando los regordetes brazos de la menor le abrazaron fue igual a esa que siempre sentía cuando el sol y ella hacían el fascinante eclipse, pero igual a ese momento, su estancia junto al sol se vio truncada por la ida de la niña a otra escuela. Así pasaron años. La luna se convirtió en una joven con carácter de mierda y muchas mas cráteres disfrazados de cicatrices, maldecía al Dios Creador por haberla traído al mundo mortal donde nunca mas volvió a saber de su amado sol y es que al menos en el cielo tenia la oportunidad de estar cerca una vez al año en los eclipses. Se sintió perdida y desolada, fría y asustada. Ahora ya no sabia nada de esa niña de ojos marrones. El sol por el contrario se sentía vacío y desubicado, eligiendo a personas al azar para no sentirse solo de nuevo como años atrás y vago sin consuelo por tantas escuelas en busca de alguien que reemplazara a su amiga luna que había dejado atrás. ¡No entendía por que el Dios Creador le había mando al mundo mortal! ... Fue un día cualquiera cuando la luna transitaba por las pasillos de la secundaria cuando sintió la calidez rodearle en un abrazo y cuando volteo se encontró con su amado sol disfrazado de una jovencita linda de ojos marrones ¡Era su sol! Fue un día cualquiera cuando el sol caminaba despreocupado entre las nebulosas cuando se fijo en la chica de los ojos chocolates y no se lo pensó para ir corriendo abrazándola y sintiendo esa característica temperatura fría que se fundía con su calidez.
Era la luna y el sol quienes se sonreía de nuevo como esa primera vez que se vieron, y así ambas retomaron de nuevo aquella amistad que incluso los dioses juraban se había marchado, cada día se hacia un nuevo eclipse y cada día ambos astros se veían en aquellos dos cuerpos de chicas. Así transcurrieron años, en los cuales el sol y la luna compartieron tantas vivencias y crearon tantos recuerdos que perduraron incluso cuando se convirtieron en adolescentes. —Tu eres mi sol, pequeña— Murmuro con pena la luna escondiendo aquel sonrojo, se sintió raro decirle eso a un chica, pero era la verdad, la amaba y no en el sentido romántico, pero aun así la adoraba. —Y tu eres mi luna, querida— Respondió el sol con una sonrisa radiante, ella también amaba a la luna, la quería como no tienen idea y aunque no era románticamente; lo hacia con goce. Desde ese día en que la luna conoció al sol; no volvió a jactarse que se valía por si misma porque incluso para que haya oscuridad se necesita un poco de luz. Desde ese día en que el sol conoció a la luna; descubrió que había vida su alrededor y es que no puede haber luz sin un poco de oscuridad. El día que el sol y la luna se conocieron entendieron que no podían existir sin el uno u el otro.
Es una historia corta, pero que alberga tan buenos sentimientos que disfruto recordar.
Y cabe decir que esta luna es diferente a la que describí en el primer escrito. Esta luna fue la que me llevo a descubrir el inmenso cosmos que me rodeaba, quien me tomo de la mano para cometer la—supuesta—ultima locura, fue aquella luna que me corono y vistió de dorado y yo con orgullo llevo la tiara de oro que me coloco cuando me nombro su sol.
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Escrito: 29 de diciembre 2023 Editado: 30 de diciembre 2023