EPÍLOGO

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La historia no se repite, pero rima.

-Mark Twain.

***

            La Luna bañó con resplandor la primera noche de verano tras haberla ocultado un par de nubes

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            La Luna bañó con resplandor la primera noche de verano tras haberla ocultado un par de nubes. Tomás volvió a la habitación mientras sostenía entre sus manos una taza de café. Sus expresiones y gestos mostraban derrota y cansancio; el intenso malestar no dejaba de cavar en su interior. Aquella mudanza rompió cada uno de sus esquemas. Sin embargo, para su formación profesional como profesor en la prestigiosa Escuela Casa León, la estancia en Maldre era necesaria.

La soledad quiso acompañarlo en la habitación y observar cómo el joven se decidió, finalmente, a tomar asiento frente al piano. [La soledad] Parecía ser la única que, sin juzgarlo, permitía que sus más puras emociones se mostrasen. No se quería decir con esto que sus más próximos lo juzgaran –pues todos ellos lo apoyaron al conocer la mudanza–; sino que era difícil que se comprendiera la crisis emocional que vivía en aquel momento.

Al abrir el cuaderno pautado que se apoyaba en el piano, las melodías que el mismo joven compuso se mostraron. Se sintió apenado al descubrir que traicionó a lo único que jamás lo abandonó: la música. Fuertes punzadas de dolor dañaban cada vez más su corazón. Y fue, entonces, cuando sus dedos volvieron a danzar sobre el jardín de melodías. Consiguió, de esa manera, declarar perdón y abandonar, por momentos, la crisis emocional.

Con la vista levantada al frente y la brisa fría (que entraba por la ventana abierta) erizando la tez, sonrió al sentir aquella nueva melodía cortejándolo. Se sintió maravillado al comprobar que su reacción seguía siendo la misma desde que adquirió el instrumento en su infancia. Los ojos se cerraron y se alzó en vuelo; la realidad se quedó esta vez en tierra.

El perfume de Amalia dejaba huella a medida que se abría paso hacia el interior del apartamento. Se sentía muy cansada debido a la gran pila de libros que traía de vuelta a Cecilia –su mejor amiga–. Un suspiro de alivio brotó de los labios de la joven al dejarlos sobre la mesa. Sabía que Cecilia no se encontraba allí, por lo que caminó decidida hacia la entrada. Pero se detuvo al notar cómo sus emociones comenzaban a danzar junto a cierta percusión que provenía de una de las habitaciones. Un par de pasos hacia atrás fue suficiente para percibirla con más claridad. Sorprendida e intrigada se sintió ante tal solo de piano. Asimismo, reanudó su caminar esta vez hacia el pasillo.

El Todo Poderoso le regaló la más hermosa de las imágenes hasta ahora: un joven de media melena plateada tocando el instrumento que tan familiar le era. La escena no duró demasiado de todas formas; un mal movimiento y la pieza se enredó. El joven sostuvo su cabeza con las manos y soltó un gran gruñido. Tanto le sorprendió a Amalia aquella acción que no pudo resistirse a hablar.

—Por favor, sigue tocando.

Se arrepintió de haber hablado al momento que se volteó hacia ella. Las miradas se encontraron y un gran sonrojo se apiadó del rostro del joven, quien mostraba una preciosa pero sorprendida expresión.

—Yo no quería... Lo siento. —Se calló de inmediato—. Simplemente la oí y no pude evitar escucharla.

La Luna, expectativa de la próxima acción, observó el tenso silencio que abrigó la estancia. Ante aquello, comenzó a llorar. Aquellas gotas chocando con la ventana convirtió aquel ambiente en uno mágico que ambos jóvenes, en secreto, amaron.

—¿A qué se debió el agobio?

Su pregunta se dio junto a un paso al frente. No sabía si lo hizo para sentirse más confiada o para sentirse más cerca de él. Sin embargo, la heterocromía de sus ojos la cautivó. El silencio como respuesta le hizo volver a la realidad, y lo aceptó con un movimiento de cabeza. Volvió a compartir su arrepentimiento una última vez.

—Lamento si le molestó mi presencia. Prometo que no volverá a ocurrir.

El agarre de Tomás la detuvo antes de que desapareciese. Y sonrió cuando ella quedó frente a él. Las miradas se enredaron haciendo una. Y sin más tiempo que perder, el joven le respondió. Los gestos de la lengua de señas la tomaron por sorpresa, pero rápido se ajustó a ellos para entender y responderlos.

—Si solo te sientes estresado, mi opinión sería que lo retomaras cuando te sientas con fuerzas para ello.

Tal fue la sonrisa de Tomás que las estrellas comenzaron a brillar en el oscuro cielo; se juraría que, si las luces estuviesen apagadas, igualmente se vería con claridad. Tomás comentó que hacía desde hace días.

—Quizás deberías esperar un poco más.

El joven, sintiéndose intrigado, quiso saber más sobre su vida. Le preguntó, entonces, cuándo aprendió su lengua. Después de tanta marginación, encontrar a una persona que mostrase interés hacia aquel tipo de comunicación le parecía un hecho extraordinario.

—Mi abuela Mercedes me lo enseñó cuando era pequeña—. Hizo un ademán con su mano—. Teníamos una vecina que era sordomuda. No tenías otra opción si queríamos comunicarnos con ella.

El joven bromeó levemente.

—¿Sabes? Mi padre Alexander suele repetir que, para poder componer una bella obra de arte, necesitas a una bella musa o numen que te la ofrezca libremente.

La única respuesta que obtuvo de su parte fue una carcajada. Simplemente, la observó hasta que retrocedió dos pasos. Y el joven, estático en su lugar, pidiéndole al universo que no se fuese, se limitó solo a ver cómo se dirigía hacia la puerta y se giraba hacia él.

—Espero que la Luna te regale inspiración, pianista.

Le sonrió y se marchó de allí, desconociendo que quizás la Luna fuese ella. 

· Numen · #PGP2019Donde viven las historias. Descúbrelo ahora