Prólogo

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A lo largo de los años se habían descubierto diversas maneras de destrozar la mente de una persona: tortura, enfermedad, drogas. Una lista interminable de factores con un imposible final, ya que nadie era capaz de determinar el factor que podría terminar de quebrar a una persona, pero si se refiriera a delitos como tal, sin duda una de las que se llevaría el premio final era la muerte. El hecho de presenciar o causar ese cruel y vil destino que tenía reservados a todos los seres humanos del planeta, existían miles de maneras de morir y el pecado más grave de todos era el asesinato, una manera escalofriante de morir, un modo cruel que no se merecía nadie.

Repartidos por el mundo había mucha gente horrible que le divertía y excitaba cometer esas muertes, los llamados asesinos; gente que disfruta matando, degollando, descuartizando, calcinando. Ante la nueva ley imperial, los soldados del Nuevo Imperio Unificado, también conocida como la NIU, mantenían la suerte de su lado y eran capaces de arrestarlos, y como favor serían sometidos a juicio, dando el beneficio de la duda.

Pero aquel día era diferente, desde el aumento de personas mejoradas, los crímenes habían aumentado y pese que el Imperio se asegurara de que mantuvieran también el poder en sus filas, no evitó que centenares, por no decir millares, de criminales, asesinos y todo lo malo de la humanidad junta, pasaran por aquella sala de juzgado blanca.

Una sala con largos bancos de metal, alineados en dos fincas apuntando hacia el estrado; una silla en el centro de la sala, con acolchados grises y grilletes en los extremos; las mesas elevadas en el inicio de la sala se encontraban los jueces, los Sentencieros.

Últimamente hacían surgido rumores sobre aquellas salas, de alguien que estuvo en alguna, como visitante o Sentenciero, incluso como un soldado imperial que traía un posible culpable, la curiosidad era un poder peligroso, pero aquel día se procuró que no hubiera nadie más de lo necesario, si la gente lo escuchara podría sucumbir el pánico y llegar a mover los cimientos sólidos en los que se construyó el Imperio; aquella sala oculta en el edificio principal del NIU, en la ciudad capital de Apofis, se estaba celebrando un juicio en particular, algo que los Sentencieros nunca pensaron que presenciarían.

En el exterior del oficio todavía la noche estaba en alce, solo hacía unas horas se les fue comunicado, un cruel ataque a cientos de personas en una de las mayores festividades del Imperio, donde los mayores cuerpos políticos y militares se reunían junto al Gran Emperador, el tipo de fiesta que solo se permitiría asistir a la gente con el suficiente estatus social, o en otros casos, con abundancia de dinero.

Por suerte el Gran Emperador había escapado a salvo.

Cuando se avisó a los Sentencieros, estos eran incapaces de creer que algo así pudiera originarse, podría haber sido cualquier gran criminal que todavía deambulaban por el Imperio, podría haber sido cualquiera, pero lo que actualmente se encontraba ante ellos los había dejado sin habla.

Con un fuerte estruendo, las puertas de madera blanca se abrieron, dejando entrar a un hombre furioso, con todo su traje arrugado y cubierto de sangre, apuntó con el dedo a la criminal que se encontraba en el centro de la sala, ella en cambio ni volteó, solo mantenía fija su mirada en los Sentencieros.

—¡Asesina! ¡Nunca debí adoptarte, tuviste que morir en aquel incendio! ¡Maldita lagarta! ¡Devuélvemelo! ¡Devuélveme a mi hijo!

Uno de los Sentencieros indicó con cansancio que se llevasen al hombre, aun así, después de cerrar las puertas nuevamente se seguían escuchando los gritos, todos se agitaron incómodos en los asientos conociendo al hombro.

Un nuevo Sentenciero bajo la mirada hasta la acusada.

Sentada en aquella silla; un bozal metálico que le cubría toda la parte inferior del rostro, desde el inicio de sus mejillas hasta su mandíbula triangular, había cadenas, sujetaban sus muñecas unidas, otras bien prietas alrededor de su cuello, alrededor de sus caderas y su cintura, la mantenían recta en aquella silla y si tan solo se movía unos milímetros unos gruesos pinchos se le clavaban en la piel; seis soldados apuntaban a la cabeza a su alrededor.

Crónicas Elementales 1: Fuego Escarlata © [ACTUALMENTE REEDITANDO]Donde viven las historias. Descúbrelo ahora