La lista de promociones

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Con el fin de junio llegaron el final de curso y del reinado de la señorita Stacy en la escuela de Avonlea. Ana y Diana volvieron esa tarde a casa con el ánimo muy triste. Ojos enrojecidos y pañuelos húmedos eran testimonio de que las palabras de despedida de la maestra habían sido tan conmovedoras como las del señor Phillips tres años atrás. Diana contempló el edificio del colegio desde la falda de la colina de los abetos y suspiró profundamente.

—Parece como si fuera el fin de todo, ¿no es así? —dijo desmayadamente.

—No creo que te sientas ni la mitad de dolorida que yo —contestó Ana, buscando inútilmente un trozo seco en su pañuelo—. Tú volverás el próximo invierno, pero yo creo que dejaré el viejo colegio para siempre; es decir, si tengo suerte.

—Ya no será lo mismo. La señorita Stacy no estará, y ni tú, ni Ruby, ni Jane tampoco, posiblemente. Me tendré que sentar sola, pues no seré capaz de resistir a ninguna compañera de banco después de ti. ¡Oh, hemos pasado unos momentos maravillosos! ¿No es así, Ana? Es horrible pensar que han terminado.

Dos lágrimas resbalaron por la nariz de Diana.

—Si tú fueras capaz de dejar de llorar, yo también podría hacerlo —dijo Ana, implorante—. En cuanto guardo mi pañuelo, te veo hacer pucheros y es empezar otra vez. La señora Lynde dice: «Si no puedes estar alegre, sé tan alegre como puedas». Después de todo, me atrevo a decir que volveré el año próximo. Estoy segura de que no me aprobarán.

—¡Pero si pasaste con holgura los exámenes de la señorita Stacy!

—Sí, porque no estaba nerviosa. Cuando pienso en las pruebas reales se me hiela la sangre en las venas. Además, mi número es el trece, y Josie Pye dice que trae mala suerte. No soy supersticiosa y sé que no modificará nada, pero aun así me gustaría no ser la trece.

—¡Cuánto quisiera estar contigo! —dijo Diana—. Pasaríamos buenos ratos. Pero supongo que te tendrás que dar un atracón por las noches.

—No; la señorita Stacy nos ha hecho prometer que no abriremos un solo libro. Dice que eso sólo nos cansaría y nos confundiría, y que debemos salir a pasear sin pensar en los exámenes y acostamos temprano. Es un buen consejo, pero sospecho que será difícil seguirlo. Prissy Andrews me contó que durante la semana de sus exámenes de ingreso se sentaba en la mitad de la noche a darse un atracón de lecciones, y yo estaba determinada a hacer lo mismo por lo menos durante el mismo tiempo. Tu tía Josephine fue muy gentil al pedirme que me hospedara en Beechwood durante mi estancia.

—Me escribirás, ¿no es cierto?

—Te escribiré el martes para decirte cómo fue el primer día.

—No me apartaré del correo el miércoles. Ana partió para la ciudad el lunes siguiente, y el miércoles Diana no se apartó del correo, como prometiera, y recibió su carta.

«Mi querida Diana:

»Ya estamos a martes por la noche y te escribo desde la biblioteca de Beechwood. Anoche me sentí muy sola en mi habitación y deseé con toda mi alma que estuvieses aquí. No pude empollar las lecciones porque prometí no hacerlo a la señorita Stacy, pero me resultó tan difícil no estudiar como difícil me había resultado no leer novelas en tiempos de estudio.

»Esta mañana, la señorita Stacy vino a buscarme y fuimos a la Academia; por el camino recogimos a Jane, Ruby y Josie. Ruby me pidió que le tocara las manos y las tenía frías como el hielo. Josie dijo que yo tenía aspecto de no haber dormido un minuto y que no parecía suficientemente fuerte para resistir el curso aunque pasara el examen. ¡Hay ocasiones en que tengo la sensación de no poder conseguir nada en mi intento de querer a Josie!

Ana la de Tejas VerdesWhere stories live. Discover now