Capítulo 36.

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Era mi día de suerte. Harry se encontraba saliendo de su oficina para cuando las puertas del elevador se abrieron en su piso. Necesitaba interceptarlo. Agradecí que estuviera allí, porque de otro modo las cosas hubieran sido más difíciles e incómodas para él. Me propuse hacer aquello a primera hora de la mañana para así luego podría olvidarme de todo y continuar con mi trabajo.

 

 Aferré mi mano al sobre, y caminé en su dirección para alcanzarlo. Cuando alzó la cabeza y capturó mis ojos, se mostró sorprendido. Luego su mirada se iluminó. Lo observé detenidamente, tratando de buscar en su rostro algo que me indicara que la persona honesta de la que me enamoré seguía allí. Pero parecía imposible.

 

—Samantha—comentó, con un tono lleno de ilusión. ¿Quizá estaba esperando que finalmente me diera por vencida, y me rienda ante él?—tengo algo importante que decirte—Se apresuró a hablar. Quiso tomar mi mano pero la aparté.

 

—Yo primero—interrumpí con frialdad.

 

No tenía idea de donde estaba sacando las fuerzas para no derrumbarme. Él asintió y luego hizo un gesto con la mano y murmuró un «por supuesto, adelante». Quité el sobre de mi espalda, y se lo entregué.

 

—Dile a tu prometida que agradezco que me haya tomado en cuenta a la hora de repartir las invitaciones—Ironicé. Sus ojos se dirigieron al sobre y cuando entendió de que se trataba me miró con lástima. Si había algo que detestaba en el mundo (a parte del hecho de estar enamorada de un hombre comprometido) era que me miraran con lástima—Pero sinceramente las bodas no son lo mío. Al menos no este tipo de bodas.

 

Él apretó la mano en un puño y estrujó la invitación.

 

—Tengo que decirte algo importante, Sam

 

Negué con la cabeza.

 

 

—Ahórrate las palabras, Harry. Y, por favor—rogué—No me busques más. Me cansé de jugar contigo al gato y el ratón.

 

Sacudí mi cabeza de un lado al otro cuando aquellos pensamientos inundaron mi mente. A partir de que le dije eso, el martes, él no volvió a aparecer. Para ser sincera, me quedé con las ganas de saber que tenía para decir. Quería escuchar cuál era la excusa que se iba a inventar esta vez.

¿Por qué era tan difícil? La única cosa que le exigí, lo único que le pedí, fue que si tanto me quería que hiciera algo con su matrimonio. Que actuara y dejara de hablar.

 Suspiré.

—Quédate quieta, Sam—reprochó Natalie con un gruñido.

Hacía horas trataba de hacerme un peinado decente. Pero yo estaba demasiado inquieta sobre la silla.

Era sábado a la noche, y Jane me había obligado a ir a la cena de la empresa, para irnos al cine luego. Olvidé cuando fue la última vez que salí de noche con amigas. Francamente, desde que me había trasladado a New York. si quiera había tenido tiempo de hacer amigas. A parte de Jane, por supuesto.

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