Capítulo Diecinueve

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Él visita el terreno baldío después de más de dos meses de lo ocurrido. Solo pisar el lugar hace que su mente sea invadida por las imágenes de esa noche; Verónica descuartizando su cuerpo mientras él cavaba la tumba donde pondrían sus restos.

Se supone que nunca debía volver allí; aún la están buscando y cualquier descuido podría ser fatal; pero las pesadillas y los tortuosos recuerdos lo obligaron. Se agacha y toca la tierra del lugar donde fue enterrada. Verónica tenía razón, no hay ni un solo rastro de los terribles actos que cometieron, ningún olor ni animal merodeando o escarbando, como si nada hubiera pasado.

—Perdóname, por favor —susurra mientras una lágrima se desliza por su mejilla.

No se suponía que eso pasaría, él hizo todo el proceso a la perfección, proceso que él y Verónica idearon juntos. Claro, ella siempre ha sido la cabecilla de todo, fue quien se le acercó cuando descubrió su secreto. Un secreto del que se avergonzaba.

Es enfermizo enamorarte de tu paciente, siempre lo supo y se recriminaba así mismo por ello. Por eso intentó ser un profesional y ocultar sus sentimientos, hasta que un día ella se le insinuó y dejó claro que no solo lo veía como su psiquiatra, sino también como hombre. Esa misma noche se acostaron, fue la mejor experiencia de su vida y el comienzo de una hermosa relación o al menos eso creyó el doctor Toledo. Después de varias semanas ella le dijo que ya no quería nada con él, que solo fue sexo. No podía creerlo, él la amaba, no quería un simple revolcón, quería una vida juntos.

Estuvo sumido en la desesperación y la tristeza hasta que Verónica apareció en su vida. La conoció cuando apenas era una niña. Ella y su hermano eran hijos de uno de sus colegas más aclamados. Desde que la vio supo que era brillante. Desgraciadamente ambos quedaron huérfanos siendo adolescentes, cuando sus padres murieron en un accidente. Quedando su hermano, quien ya tenía dieciocho años a cargo de su hermana menor. No supo mucho de ellos desde entonces, solo que ella decidió estudiar psiquiatría como su padre, y su hermano trabajaba para mantenerla.

Fue cuando ella se presentó en la clínica como pasante cuando se volvieron a encontrar. Tomaron un café en una pequeña cafetería y hablaron del pasado, sin embargo, la mujer notó su tristeza y le preguntó que le ocurría, Toledo la miró a los ojos, unos ojos que parecían escudriñar su alma, y le contó todo. Ella dijo cada palabra correcta, hizo cada gesto preciso y cada movimiento acertado para hacerlo confiar en ella. Se sintió comprendido, consolado... No entendía como una chica tan joven podía hacerlo sentir como un niño.

Ella le comentó de sus malas experiencias en el amor y de cómo, al igual que él, también había sido rechazada; ella quería cambiar eso, quería que ni ella, ni nadie más volvieran a sufrir por amor, quería ayudarlo a ser feliz. Él, al principio no entendía como ella pretendía lograr eso, hasta que le habló de su proyecto.

—Muchas veces las personas nos rechazan porque no pueden ver que somos perfectos para ellas, a veces hay que forzarlos a que nos vean —dijo ella.

—¿De qué estás hablando? —le preguntó confundido.

—Hablo de hacer que esa chica te ame con la misma pasión con la que tú la amas a ella. Pero para lograrlo debes ser firme, debes tomarla, apartarla de todos y llevarla a un lugar donde al único que vea y escuche sea a ti; a la fuerza si es necesario.

—¿Estás hablando de secuestrarla? —inquirió alarmado.

—Escucha... —ella tomó sus manos para tranquilizarlo—, sé que suena descabellado y extremista, pero el amor, el verdadero amor, es así. Una vez esté contigo la cuidaras, le demostraras que tú eres bueno, honesto, que nunca le harás daño. Al principio habrá rechazo, es normal, pero poco a poco ella lo verá y te amará.

—Como el síndrome de Estocolmo... Pero no todas las víctimas de secuestro llegan a padecer este síndrome y... —Antes de terminar lo que iba a decir se detuvo.

En ese momento no podía creer que lo estuviera considerando. Separó sus manos y se puso de pie antes de que ella continuara diciendo más locuras. Mientras se retiraba del lugar se dio la vuelta para verla una vez más y puede jurar que la vio sonreír. Esa noche en su casa volvió a llamar a su examante y, como siempre, la llamada fue ignorada. Hacía semanas que no la veía, lo había cambiado por un psiquiatra de otro centro. Se estaba volviendo loco. Entonces pensó en Verónica y en todo lo que le dijo; mientras más vueltas le daba más sentido hallaba en sus palabras. Si tal vez pareciera una atrocidad a simple vista, pero él como médico sabía que a veces se cometían atrocidades en el nombre de la ciencia y estas salvaban millones de vidas.

Al día siguiente fue a la cafetería, a la misma hora que estuvieron reunidos antes, con la esperanza de verla y, para su sorpresa, allí estaba, esperándolo. Tomó asiento frente a ella y escuchó cada palabra. De nuevo, cada gesto, cada movimiento, cada acción eran perfectos, hacía y decía todo lo que él necesitaba para convencerse. También le dijo que ella y su hermano querían que más personas pudieran escucharlos y darles consuelo a sus almas amedrentadas por el rechazo, y solo aquellos que en verdad amaran podrían poner en práctica el proceso. Con esa idea formaron un grupo de ayuda al que llamaron El club de los amores imposibles. Toledo también podría ayudarlos enviando pacientes y conocidos que él creyera que necesitaban esa ayuda.

Así empezó todo, él hizo cada cosa al pie de la letra, pero no funcionó. Ella nunca lo amó, lo rechazaba e insultaba constantemente, hasta que no pudo soportar más sus desplantes y, en un arrebato de ira, terminó poniendo sus manos alrededor de su cuello hasta que ella dejó de respirar. No quiso hacerlo, incluso intentó reanimarla, pero era muy tarde, no había nada que pudiera hacer para traerla de vuelta.

Está seguro de que fue su culpa, no de Verónica ni del grupo, sino suya por no amarla lo suficiente, por haber fallado, de alguna forma, en la ejecución del proceso. Sin embargo, tiene fe en que con Ulises será distinto. A pesar de todo aún confía en Verónica y cree fervientemente que ella lo ayudará a ser feliz.

Se pone de pie al tiempo que retira las lágrimas de su rostro con el dorso de su mano. Camina hasta su auto, pero antes de subir saca su teléfono y busca un contacto en específico. Presiona marcar y lo lleva a su oído.

—Hola, doctor Toledo, que sorpresa —dice Óscar al contestar el teléfono, mientras que en el fondo se pueden escuchar los quejidos de una persona amordazada.

El club de los amores imposibles (+21)Donde viven las historias. Descúbrelo ahora