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    Ya creía que le habíamos perdido la pista a la araña cuando Tyson captó un lejano sonido metálico

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    Ya creía que le habíamos perdido la pista a la araña cuando Tyson captó un lejano
sonido metálico. Dimos unas cuantas vueltas, retrocedimos varias veces y por fin encontramos a la araña, que golpeaba una puerta de metal con su cabecita.

La puerta parecía una de aquellas anticuadas escotillas de los submarinos: con forma oval, remaches metálicos y una rueda, en lugar de un pomo, para abrirla.

Encima de ella había una gran placa de latón, que el tiempo había cubierto de verdín,
con una eta griega en el centro.
Nos miramos unos a otros.

—¿Listos para conocer a Hefesto? —dijo Grover, nervioso.

—No —dijimos Percy y yo al unísono.

—¡Sí! —dijo Tyson, eufórico, mientras hacía girar la rueda.

En cuanto se abrió la puerta, la araña se deslizó al interior; Tyson la siguió de
cerca y los demás avanzamos también, aunque con menos entusiasmo.

El lugar era inmenso. Como el garaje de un mecánico, estaba lleno de elevadores
hidráulicos. En algunos de ellos había coches, pero en otros se veían cosas bastante
más extrañas: un hippalektryon de bronce desprovisto de su cabeza de caballo y con
un montón de cables colgando de su cola de gallo, un león de metal que parecía
conectado a un cargador de batería, y un carro de guerra griego hecho enteramente de fuego.

Había además una docena de mesas de trabajo totalmente cubiertas de artilugios
de menor tamaño. Se veían muchas herramientas colgadas y cada una tenía su silueta pintada en un tablero, aunque nada parecía estar en su sitio. El martillo ocupaba el lugar del destornillador; la grapadora, el de la sierra de metales, y así sucesivamente.
Por debajo del elevador hidráulico más cercano, que sostenía un Toyota Corolla
del 98, asomaban dos piernas: la mitad inferior de un tipo enorme, con unos
mugrientos pantalones grises y unos zapatos incluso más grandes que los de Tyson. En una de las piernas tenía una abrazadera metálica.

La araña se deslizó por debajo del coche y los martillazos se interrumpieron al instante.

—Vaya, vaya. —La voz retumbaba desde debajo del Corolla—. ¿Qué tenemos
aquí?

El mecánico salió sobre un carrito y se sentó. Había visto a Hefesto en el Olimpo en una ocasión. A lo mejor no estaba muy feliz de ver al producto del producto de la infidelidad de su esposa, yo tampoco lo estaría.

Supongo que se habría lavado cuando lo vi en el Olimpo, o que habría usado
algún truco mágico para que su forma resultara menos espantosa. Pero al parecer allí, en su propio taller, no le preocupaba en absoluto su aspecto. Llevaba un mono
cubierto de grasa, con un rótulo bordado en el bolsillo de la pechera que decía «HEFESTO». La pierna de la abrazadera le chirriaba y daba chasquidos mientras se
incorporaba y, una vez de pie, vi que el hombro izquierdo era más bajo que el
derecho, de manera que parecía ladeado incluso cuando se erguía. Tenía la cabeza
deformada y llena de bultos, y una permanente expresión ceñuda. Su barba negra humeaba. De vez en cuando, se le encendía en los bigotes una pequeña llamarada que acababa extinguiéndose sola.
Sus manos debían de ser del tamaño de unos guantes de béisbol y, sin embargo, sostenían la araña con increíble delicadeza. La desarmó en dos segundos y volvió a montarla.

³CENTURIES (PJO&HP)Where stories live. Discover now