Prólogo

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     Una pequeña Olympia, de tan solo diez años, se encuentra escondida en el amplio jardín del castillo, en cuclillas y jugando con una pequeña regadera de metal que encontró abandonada. Quiere regar todas las hermosas rosas del jardín, le encanta observarlas cuando estas florecen, quiere contribuir a ese hermoso paisaje.

     Sin darse cuenta, perdida en sus pensamientos mientras tararea una canción, una de las tantas que su madre le cantaba cuando era más pequeña, alguien se acerca por detrás y observa en silencio que es lo que está haciendo la pequeña princesa.

     El joven príncipe Eitan, con sus diecisiete años recién cumplidos, se sienta a su lado y le muestra una hermosa sonrisa a su hermana pequeña, la cual no duda en responder y acaba saltando a sus brazos tras gritar su nombre con una dulce voz.

- ¿Te gustan las rosas, Oly? – pregunta su hermano tratando de limpiar la tierra de las manos de su hermana pequeña.

     La pequeña asiente con la cabeza feliz de encontrarse con su hermano, llevaban tiempo sin verse, él siempre parece estar ocupado cuando ella va a buscarle. El papel de príncipe heredero debe ser pesado, al menos eso considera ella, puesto que cada vez le ve menos y más apagado.

- ¿No es igual de hermosa que una rosa? – pregunta un hombre frente a ellos – me recuerda mucho a su madre, otra hermosa flor.

     La pequeña alza la mirada para ver sonriente a sus padres, los reyes. Hoy parece ser un gran día para ella, están todos reunidos fuera de las paredes del castillo y no es solamente para recibir a algunos invitados especiales.

     Olympia se levanta al mismo tiempo que su hermano y ambos se acercan a sus padres, quienes comienzan a caminar por los jardines junto a ellos. Aprovechan su tiempo libre para dar una vuelta ahora que hace un gran clima y están todos reunidos.

- ¿Todo el reino es igual de hermoso? – pregunta inocente la princesa imaginándose todos los rincones de su reino - ¿todos pueden ver las rosas?

- Claro, el reino es hermoso, Olympia – le sonríe su padre cariñosamente mientras acaricia su cabeza – desde las montañas del norte hasta las orillas del mar del sur, pasando por el bosque del oeste y el río que atraviesa el castillo.

     Eso parece molestar de sobremanera al joven príncipe, que sin nadie esperarlo, se coloca frente a sus padres y su hermana pequeña. Mantiene sus manos apretadas en puños y parece que sus ojos pueden hasta echar llamas.

     Eso asusta a Olympia, que se aferra a la falda de su madre.

     Puede enfrentarse a muchas cosas, pelear con espadas a su escasa edad, practicar con peligrosos arcos, incluso adentrarse al pequeño bosque cerca al castillo. Pero le dan miedo las personas.

- El bosque del oeste no es hermoso – dice mirando a su hermana – está lleno de gente mala, los salvajes. Jamás deberías ir allí, tampoco considerarlo hermoso, no hasta que no quede ni uno de ellos viviendo allí.

- No digas eso de esas personas – le recrimina su padre – son aldeanos de nuestro reino también, merecen ser tratados adecuadamente.

- Eres un necio, padre – protesta Eitan aún más molesto – son basura, monstruos, ¡deberíamos acabar con ellos!

     Eitan acaba marchándose totalmente molesto y su padre termina por seguirle, debe hablar seriamente con él, no puede tolerar que el futuro rey pueda pensar de esa forma. Si algo le ocurriese a él y su hijo siguiese pensando así supondría un gran problema, sobre todo para esas personas que el príncipe llamó salvajes.

- Mamá... - llama Olympia con cuidado. Los ojos azules de su madre se enfocan preocupados en los extraños ojos de su hija. Verlos le trae calma, uno de ellos le recuerda a la persona que más paz le trae y eso le relaja - ¿los salvajes son malos?

     Se agacha hasta quedar a su altura y pone sus manos sobre sus pequeños hombros.

- No lo son, cielo – le muestra una enorme sonrisa tranquilizadora – son gente normal, como tú o como yo. Deberías recordar esto siempre, si alguna vez necesitas ayuda, pero no sabes en quien confiar, recurre a ellos, recurre a los salvajes.

- ¿Por qué ellos, mami?

- Porque siempre te ayudaran, hay algo aquí – toca el pecho de su hija, donde va el corazón – que les hará no dudar en ayudarte. Son parte de ti, nunca olvides eso.

     La niña mira su pecho y se lleva su mano derecha a la zona. No tarda más que unos segundos en volver a mirar su madre, quien la contempla aun bastante preocupada, teme que su hija le haga una pregunta que pueda cambiarlo todo.

     Y todo lo cambió, tan solo que Olympia no sabía eso.

- Mamá, ¿yo soy una salvaje?

     Su madre no respondió, tan solo le repitió el consejo para que jamás lo olvidase, la tomó de la mano y ambas volvieron a entrar al castillo.

     Y Olympia no lo olvidó nunca.

     Había una parte de ella que siempre se sintió de esa forma, como si tuviese una conexión con aquellos que son considerados salvajes y si en algún futuro tiene problemas y no sabe en quien confiar, confiará en ellos.

     Lo que no esperaba, era tener que realmente acudir a ellos, menos por quien consideraba alguien de la familia, que amaba y adoraba.

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