26. HUIDA

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De no ser porque nana Justiniana me sacudió como a eso de las diez de la mañana quizá no me habría despertado: después de todo me había dormido hasta altas horas de la noche y la pesadez de mis parpados me lo recordaba. Cuando rememoré todo cuanto había sucedido aquella noche me incorporé de un salto y miré hacia todos lados. Cristóbal no estaba por ningún lado, y di gracias a Dios por ello, ya que si mi aya me hubiese descubierto con él en la cama seguramente me habría sumergido en un aljibe rebosante de agua bendita y aceites exorcizados.

—Buenos días, Anabella —me saludó con una cándida sonrisa. Llevaba una charola de plata en sus manos y se dirigía hacia mi cómoda para depositarla allí—.
Hacía años que no recordaba tan tarde, ni siquiera se levantó para acompañarme a misa de seis de la mañana. Ojalá no sea porque se la pasó leyendo uno de esos libros impropios que tanto gusta de leer en secreto hasta horas inadecuadas.

—Si te refieres a mis lecturas de Sor Juana Inés de la Cruz, te rogaría que no me reprendieses por ello, benigna nana —murmuré, tallándome los parpados con el dorso de mi mano—. Aunque debo de confesarte que estoy leyendo por enésima vez una de sus más grandes obras «Amor es más laberinto». ¡Es que Sor Juana es admirable!

—¿Admirable una monja que fue objeto de habladurías y tildada de temeraria y profana por los grandes entendidos de su época?

Procurando no levantar sospechas, alargué mi cuello tanto como pude y registré todo mi derredor para corroborar que Cristóbal no estuviera por allí. Luego continué, deseando con empeño evitar que mi nana descubriese mi angustia:

—Su mayor pecado fue haber exigido su derecho al conocimiento, nana; un derecho que, hasta nuestro siglo, está vedado exclusivamente para el varón. Por eso admiro con profundo celo a Sor Juana. Desde niña fue un prodigio. —Me levanté de la cama y seguí buscando discretamente a mi querido bien—. ¿Sabes que aprendió a leer a los tres años de edad? Ávida de conocimiento, hizo lo que ninguna de nosotras se ha atrevido, luchar por la igualdad de género: dicen que se hizo cortar el pelo para figurar ser un varón, y que se puso pantalones y sombrero en su propósito de que la aceptasen en la escuela.

—¡Misma de la que la corrieron a patadas cuando descubrieron que era una indigna mujer disfrazada de varón! —exclamó disgustada.

—¿Pero a caso no ves en su sacrificio una inspiración para nuestro hoy? Ella fue una extraordinaria mujer que, desde sus votos religiosos, rompió paradigmas, luchando con pasión ante clérigos y políticos (con su mayor arma que era la palabra) hasta el último día de su vida, siempre deseosa de su libertad y su autonomía. ¡Quiero ser como ella, mi buena nana, pero me falta su coraje!

—¡Dios la libre de pensamientos tan desatinados y presuntuosos, niña! —se escandalizó ella mientras recogía las sábanas de mi cama—. ¿Pero qué digo? Si tales pensamientos ya los tiene. Debí de suponer que Juana de Asbaje era la responsable de su conducta, Anabella. Lo que no me explico es por qué se atrevió esa infame mujer a internarse en un convento de monjas si tenía ideas tan absurdas y osadas.

—Por la misma razón por la que lo haría yo misma: el convento es la única alternativa que tenemos las mujeres para estudiar. ¡Su pasión por el arte era tan vasto, nana, que en la actualidad se ha convertido en la mejor exponente de la literatura hispanoamericana! Sor Juana Inés de la Cruz fue una reformadora que quiso dar luz a una ápoca de oscuridad.

Mi nana refunfuñó y siguió con lo suyo desganada. Un tanto preocupada, me calcé y me dirigí a la cómoda aprovechando que ahí se hallaba mi desayudo, desde donde me fue posible atisbar debajo de la cama y alrededores... mas Cristóbal no parecía estar en ninguna parte. Al no encontrar indicio de su presencia tuve un ataque de pánico al figurárseme que él me había abandonado de nuevo, hasta que mi nana me dijo:

LETANÍAS DE AMOR Y MUERTE ©Donde viven las historias. Descúbrelo ahora