CAPITULO 9 - ¿ESTABLE?

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Tenía mechones de cabello sobre la cara, estaba empapada de lágrimas. Sentía la boca seca y los ojos hinchados. También había algo en el lugar donde debía estar mi corazón, era un vacío abrasador, un vacío más grande que el mismo universo.

Aunque estaba destruida por dentro, su calor me daba valor. Tenía la cabeza hundida en su pecho y él me mantenía pegada a su cuerpo tomándome de la cintura. Octavio, ¿qué haría sin él en esos momentos? Él me hacía sentir abochornada, segura y frágil al mismo tiempo, era el mejor amigo que podía existir.

Me zafé de sus brazos y él despertó. Se talló los ojos mientras se ponía de pie. —¿Cómo estás?

—Bien.

En realidad estaba hambrienta, era una vaca, ¿cómo podía pensar en comida en ese momento?

Octavio se estiró un poco y miró hacia el techo con semblante enigmático.

Le observé pensativo por unos segundos y le pregunté. —¿De qué tanto se ocupa esa cabecita?

—Pienso, en lo mucho que me gustaría llegar a ser arquitecto. ¿Tú qué quieres estudiar?

—¿Contadora?... Es decir, tengo que, esto no es Barney con el dinosaurio morado corriendo por todos lados y diciendo con una sonrisa hipócrita: ¡Si te esfuerzas todos tus sueños se harán realidad! —Levanté el dedo pulgar e hice una sonrisa amplia y falsa.

Colocó una mano en su barbilla y canturreó. —Bueno, pero a ti te gusta pintar, estudia arte.

—No quiero morir de hambre, además lo hago por gusto.

—¿Y te gustan los números?

—¡¿Tú quién crees que soy?! ¡¿Pitágoras?!

—¡Eres imposible!, harás algo que no te gusta toda tu vida, mientras te tomas como hobbies lo que amas.

Él tenía razón, pero aun así no podía hacer nada al respecto, mis padres jamás aceptarían que me dedicara al arte, en especial mi padre.

Me acomodé el cabello. —Creo que ocupo salir, necesito aire.

—Te acompaño.

Se levantó y de pronto se sujetó la cabeza de forma extraña, sentándose con urgencia.

—Te miras pálido, creo que el que está mal eres tú.

—Ámbar, podrías ayudarme a pasarme a mi balcón, algo anda mal, estoy muy mareado.

—En ese caso sal por la puerta.

—No recordaba que estabas sola.

Se apoyó en mis hombros y lo llevé afuera, a la puerta de su departamento. Cuando se sostuvo por sí solo, noté un temblor inusual en sus manos y piernas.

—Deberías ir al doctor, esto tiene mala pinta.

En su mirada detecté una tristeza anormal, a veces sentía que no estaba para él lo suficiente, tal y como él lo estaba para mí.

—¿Quieres que me quede? —le pregunté, aunque de momento no era una buena compañía, no podía hacer más.

—No, vete, necesito estar solo y tú querías salir. Por favor déjame.

—¿Seguro?

Asintió con la cabeza, giro la perilla de la puerta y se metió a su departamento sujetándose de la pared.

Yo tomé las llaves del coche de mi buró, una bolsa con pinturas en aerosol y por costumbre bajé por las escaleras de mí balcón. Eché la bolsa enfrente y manejé por unos minutos.

Papá era psiquiatra, daba terapias por lo particular. Conduje a su consultorio y me aparqué, le dejaría una sorpresita para cuando volviera.

Me tallé los ojos. Bajé del auto con la bolsa en manos, saqué las pinturas en aerosol y comencé a pintar la fachada, un poco de líneas, algo de sombras y colores: Miel, azul, blanco, rojo y negro. Una dama de negro en un cementerio.

Al terminar subí al coche, puse las pinturas por un lado y fui a un viejo campo de canchas de futbol y basquetbol. Las últimas eran nuevas, o eso parecía, estaban rodeadas de arbustos y de árboles secos.

La noche estaba limpia de nubes y el viento era fresco. Pinté en una de las paredes un viejo barco de madera batiéndose en el mar, era grande, de velas altas y blancas. Le daba unos toques de sombreado a las velas cuando percibí un olor fuerte y penetrante. Alguien estaba quemando (fumando mota).

Un chico salió de entre la maleza y se recargó en las ramas secas que se retorcían en una pared a mi costado. Traía una camiseta negra y unos pantalones gastados y rasgados que terminaban por darle una apariencia desalineada. Desordenó su cabello y aventó la bacha de marihuana que traía en mano al suelo. Se veía pálido y ojeroso. Como Octavio, que últimamente parecía un zombi.

Sus labios delgados estaban resecos y sus ojos rojizos.

—Comparte para andar igual —dije con una sonrisa que no pude evitar.

—Sólo porque soy fan de tu trabajo. —Señaló la pintura y me guiñó un ojo.

Metí las pinturas en la bolsa y la dejé tirada ahí mismo. Fuimos hacia tras de un arbusto. El espacio era reducido, la copa de un árbol verdoso la hacía de techo y había dos ladrillos a modo de asiento. Me acomodé en uno de ellos. Luego él se puso a forjar.

—Mi nombre es David —dijo al acomodar la marihuana ya limpia en la canala. —. ¿Y el tuyo?

—Ámbar. ¿Vienes seguido aquí?

—La verdad, sí, pero nunca te había visto por aquí.

—Es porque no había venido.

Al ver cómo se cerraba el papel con tanta facilidad me reacomodé en el ladrillo. —Aun no entiendo como cierran esa cosa.

—Práctica, yo antes no sabía y ahora no lo dejo, supongo que mi amigo tenía razón.

—¿En qué?

—Las drogas son como las arenas movedizas, cuando estás dentro, entre más te mueves, más te hundes.

—¿Moverte? Creo que entiendo. Yo ni siquiera sé a quién comprarle.

Prendió el gallo y el olor se hizo intenso. Aspiró hondo y miró hacia el cielo estrellado.

Guiada por la curiosidad le cuestioné. —¿Desde cuándo lo haces?

—¿Qué? ¿Fumar? —Soltó el humo involuntariamente. —A ver, tengo 19, empecé desde hace 5 años y desde hace dos que la vendo.

—Venderla, ¿no es peligroso?

—Como todo, tiene sus riesgos.

Él hablaba de aquello de forma muy natural, supongo que en su mundo lo era.

Cuando llegó a la mitad del gallo, me lo entregó. Aunque la pintura en mis manos me daba tranquilidad, drogarme un poco acabaría con mi ansiedad, o eso esperaba, por lo pronto había hecho un nuevo amigo, si es que se le puede decir así a alguien que tienes unos minutos de conocer.

Ámbar ¿Morir por ser perfecta?Where stories live. Discover now