CAPITULO 13 - SIN SENTIDO

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Daniel y yo nos besábamos en su auto cuando Natasha llamó a su celular. Sonaba divertida, estaba en la fiesta de Paul, a unas cuantas cuadras de nosotros.

Cuando llegamos la música de las bocinas hacía vibrar los cristales. En el patio había mesas con bebidas y botanas. Algunos bailaban, otros se besaban y en el fondo izquierdo había un grupo bastante ambientado.

Entre ellos estaba Natasha junto a Dulce y Germán. Se burlaban de Linda, una porrista ebria pasada de peso. Estaba tan borracha que se tambaleaba sobre sus pies y se sujetaba de la cerca.

A como pudieron la subieron al auto. Dimos muchas vueltas hasta terminar en el lago, el lugar donde una vez había empezado todo.

Ahí había muerto la vieja "yo", la "yo" que despreciaba y, sin embargo, tampoco me gustaba mi nueva versión.

Linda se bajó con ganas de vomitar, el viaje la había mareado más, por imposible que pareciera. Entonces las chicas la rodearon y comenzaron a grabarla con sus celulares mientras cortaban su largo cabello castaño con unas tijeras extraídas de la guantera.

Daniel se carcajeó sujetándose el estómago.

—¡Esta gorda está borrachísima! —dijo entre dientes, conteniendo el aliento.

—¡El que ella esté pasada no les da derecho de comportarse como idiotas!

—No te ofusques, preciosa.

Me besó suavemente, mordiendo mi labio inferior. Cuando pasó sus manos por mi cintura me zafé de su mano y subí a la parte alta del lago, una formación rocosa, poco empinada.

—¡¿Qué tal si nos refrescamos?!

Me quité la blusa y el pantalón, colocando mi celular encima.

—¡Vamos, no seas aguafiestas!

Di un grito y me lancé al agua. El chapuzón se sintió cortante y frío. Después sentí un golpe. Una delgada estela de sangre manchó el lago, sabía de dónde provenía, de mí...

Desperté desnuda en sus brazos, ambos estábamos recostados en una cama. Me había llevado a un departamento que no reconocía. Era muy amplio y olía a limpio. Mi ropa y su camiseta colgaban de una barandilla a los pies de la cama. Seguramente Daniel me había vestido luego de sacarme del lago y termine por mojar el pantalón y la blusa. Daniel, con el torso desnudo dormía plácidamente envolviéndome en él. Era aún más atractivo de esa manera.

Sentí una punzada en la cabeza, palpé encontrando un chichón en mi nuca, no entendía en qué momento creí que era una buena idea darme de bruces contra el fondo del lago.

De pronto me asusto una vibración debajo de las piernas, era mi celular, mamá me había marcado 30 veces, de seguro se preguntaba dónde había pasado la noche, puesto que ya eran las once de la mañana.

Me levanté aflojerada, y como mi ropa aún seguía húmeda me puse la camiseta de Daniel. Caminé al balcón y me senté en la orilla balanceando mis pies hacia la calle. Estábamos en el sexto piso y si no tenía cuidado sería una caída larga.

Aunque si caía, ¿qué más daba?

Todo acabaría, o en el peor de los casos y confiando en mi mala suerte, quedaría en estado vegetal, robando oxigeno hasta mi vejez. Sólo sería una tipa en un cuarto, sólo eso...

La mayoría de los días cuando despertaba y veía la luz del sol danzar entre mis cortinas blancas de satín, me lo preguntaba ¿qué hago aquí?

No recuerdo desde cuándo comencé a preguntármelo, sólo una conclusión: Intrascendencia, eso es la vida.

No comprendía cómo a mis diecisiete años me perturbaba ese cuestionamiento y más aún el cómo me desgastaba. En las noches de insomnio, el ¿Por qué? ¿Para qué? Mordían mi alma con la ponzoña de la duda.

Ámbar ¿Morir por ser perfecta?Where stories live. Discover now