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Zack.

Era lamentable el suceso de la tarde, una tragedia que podría desencadenar un sin fin de situaciones que comprometería mi vida y la de Nathan. No cabía posibilidad en mí de entender la impulsiva acción de decirle algo tan importante a alguien que recién conocemos un par de semanas.

Había abandonado el establecimiento, subido a mi coche y manejando de regreso a mi jaula de oro, grande y solitaria que cumplía con la función requerida en esta instancia: esconderme; me había costado un intercambio de palabras con Nathan, verdades que calaban y miedos que nos desnudaban el alma entera frente a un público que trataba de ser mediador, prometiendo que de ellos nada saldrá, que sus bocas serían un par de tumbas hasta que nosotros liberemos esas cadenas y habláramos al respecto cuando estemos listos. «Vaya mierda»

Nathan se acercaba de manera rápida después de que salí corriendo del local como si mi vida dependiera de ello.

Y en parte así era, mi vida corría un riesgo.

No podía darme el lujo de que alguien más se enterara, Incluso el mismo juego de macho protector podría joderlo todo y ser peligroso para ambos.

El enfado me calaba en los huesos, mi corazón latía con rapidez y cada uno de mis músculos parecía estar de acuerdo al tensarse al mismo tiempo. ¿Y cómo no estarlo? Había sido un arrebato de celos, de posesión, de marcar territorio en donde no había ningún territorio que gobernar.

-¡Eres un idiota! -grité mientras abría la puerta del carro - ¡Maldito egoísta!

-¡Hay que hablar! -lo escuché decir detrás de mí. - ¡Por favor! ¡baja del auto! -mencionó apenas audible por la ventana que se interponía entre nosotros, después de que conseguí subirme al carro.

Tocó la ventana para que le hiciera caso, pero voltear y atender sus necesidades no era una opción que quisiera tomar ahora.

Encendí el auto y el motor enseguida rugió. La desesperación de Nathan en cada golpeteo con las manos hacia mi ventana fue más evidente y constante.

Aguantando el coraje que se acumulan en mis manos que rodean con fuerza el volante.

Los nudillos se me ponen blancos pero trato de controlar las sensaciones hormigueándome el cuerpo aun cuando mi cabeza parece dispersa en suposiciones, miedos, incertidumbre y decepciones que me llevan a pensar en la persona en quien más confío y en la que menos debo confiar.

Esto era mío también, no solo una decisión que él podía tomar por sí solo.

Somos dos involucrados y los dos debíamos decidir si hablar o no.

« ¡Mierda! » gritaba mi mente una y otra vez.

De solo pensar que nada más quería presumirme como su juguete nuevo, como un territorio que tiene propiedad y escrituras con el sello de "mío" y "no tocar" me daba malestar en el estómago; Esto no se trataba de marcar territorio como un maldito perro que orina lo que es suyo para establecer a los demás canes que todo le pertenece y que él es el macho alfa. Esto podría tener grandes consecuencia, empezando porque nuestras familias nos tacharían de pecadores pecaminosos. Después por una sociedad que nos juzgaría sin razón ni motivo desencadenando así otros problemas que podrían cambiar el rumbo de nuestras vidas, si es que el padre de Nathan no lo mata antes.

Otro golpeteo en la ventana y yo ya estaba arrancando con el cuidado de no llevarme entre las llantas al rubio que seguía moviéndose a la misma velocidad y sincronización con la que yo echaba de reversa el carro para salir del pequeño estacionamiento de la tienda e incorporarme a la calle.

𝟟𝟘 𝕪𝕖𝕒𝕣𝕤 𝕠𝕗 𝕝𝕠𝕧𝕖 (En Pausa) Onde histórias criam vida. Descubra agora