Capítulo 46

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Las gotas golpeaban con gambas pesadas los extensos cristales de la suite en la que se alojaba Seiyi. Situada en el décimo piso del hotel, su habitación contaba con una amplia vista al mar, tal como lo había pedido, dejando al descubierto absolutamente todas las ventanas al temporal que había iniciado con el amanecer y que recrudecía a cada minuto. No le desagradaba, por el contrario, era hombre amante de la lluvia siendo esas noches llenas de los sordos sonidos de las gotas al estrellarse, las mejores a su gusto para el sexo.

Y en ese silencioso atardecer, el enorme living a penumbras apenas aclaradas con los cálidos tonos de la moderna lámpara de pie al lado del sillón, era interrumpido y llenado con el arrullador sonido seco multiplicado por miles. Cada tanto el ulular apenas imperceptible del viento que redoblaba sus fuerzas a cada hora, distorsionaba el incesante golpeteo. Mayor placer que ese era imposible, tal vez el sabor del cigarrillo mentolado que llenaba sus pulmones impactando del otro lado del vidrio al ser lentamente expulsado, le sumaba disfrute a la agonía, pero no era eso lo que tenía en ese estado de meditabunda añoranza.

No, o tal vez sí. Era la lluvia y el paisaje, aquellas playas a la distancia tan claras al sol que las hacía relucir la mañana anterior, siendo ahora escasamente visibles a través de la bruma por la tormenta, y las olas agitadas golpeándolas con violencia, con espuma, sal y viento, y las palmeras ladeadas en esfuerzo de resistencia alumbrándose al destello de los relámpagos. Y era la contemplación de aquella oda que además del paisaje, le arrasaba los recuerdos con esos preciosos jades que, de estar allí, estarían inmensamente abiertos en fascinación y disfrute, prendidos en ese espectáculo, en absolutamente todo y a la vez nada, devanando en sus pensamientos vaya a saber qué historia o pregunta, mientras la boquita se retorcería hinchada al frente, a la vez que los dedos jugarían impacientes acariciando sus clavículas, o enredados en algún mechón que las rosara.

Y él prendido de ella, no se perdería nada.

Y sonrió.

Sonrió mirando hacia el lado de la ventana en donde su imaginación la dibujaba dentro de la habitación, esforzándose una vez más para que no se le notara el embobamiento que lo inmovilizaba cada vez que se perdía observándola.

Porque así era ella, tan simple al ojo mundano, y tan compleja y profunda a los suyos, tan llena de esos pequeños detalles que la hacían única, la convertían en un ser exquisito que cabía ahora en cada una de sus exigencias, no sólo cubriéndolas, sino desbordándolas con sobrado gusto. Arrastrándolo a ese sentir que lo tenía impaciente moviendo las estrategias más rápido de lo que esperaba, porque era que ya sus dedos no aguantaban, ni su boca, ni su cuerpo, ni tampoco ese deseo que lo tenía repitiéndose que no se imaginaba de otra forma que no fuera a su lado en los días venideros.

Suspiró pesado, soltando el humo y las ansias, y la sonrisa se disipó de entre sus labios cuando una nueva calada le entrecerró el ceño.

Debía ser paciente. Más paciente.

Era consciente de que estaba andando el mismo camino que creara el peliplata al absorberla en su momento más doloroso, al contenerla para borrarle los sufrimientos reemplazándolos por sus besos, por sus brazos. Y sabía que eso no era sano.

Le dijo que él no sería segundo de nadie, pero ahí estuvo, durmiendo con ella tres noches seguidas para que no llorara, besándola cada que podía para que no recordara, ocupándola con su rutina en cada minuto del día para que sus sonrisas no se borraran. Poniéndose en esa posición del consuelo, en el clavo que desplaza al traicionero en ese intento que buscaba borrarle el dolor a punta de su presencia.

Lo mismo que hiciera Kakashi cuando ella se derrumbó al regreso de Sasuke.

«Puta madre...»

Y entendía que no lo hacía adrede, no en afán única de conquista, sólo buscaba reconfortarla, provocarle esas sonrisas, ese sonrojo que sólo se preocupaba por sus indiscretos avances no por el dolor y la vergüenza que ahora la asolaban. No soportaba verla mal, saberla sufriendo, nunca las lágrimas ajenas le amargaron tanto y más cuando eran derramadas por él, por su amigo.

La última lección de Sakura [+18] [Kakasaku]Donde viven las historias. Descúbrelo ahora