Capítulo 33.

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Capítulo 33| El despertar.

Antonella Cavalcante:

Me remuevo en la cama y abrazo a la persona que sigue a mi lado, sintiéndome caliente y cómoda. Abro un ojo para asegurarme de que no estoy soñando y que sí es Lionel quien duerme plácidamente a mi lado. Mi mano viaja a su cabello, a su cara y termino pasando uno de mis dedos por sus apetitosos labios.

—¿Que haces viéndome como un águila?— susurra.

—No seas idiota— me exalto— ¿estabas fingiendo que dormías?— tiro de su cabello y él abre los ojos de golpe.

—Antes de que tú te quedarás viéndome fijamente, lo estaba haciendo yo— sonríe con coquetería y luego me atrapa en sus brazos— ¿Quieres salir a desayunar, acosadora?

Frunzo mis labios para llevarlo a darme un beso.

—Buenos días— ronroneo en su cuello. Lionel me coge de las nalgas para acomodarme encima suyo y así poder acostarme en su pecho y disfrutar de sus caricias — No quiero salir...

—Que vaga.

—Quiero quedarme aquí contigo.

Me besa ruidosamente.

—Pues te haré el desayuno.

Rompo a reír.

—¿Por que te ríes, maldita descarada?— se indigna.

—¿Que me vas a hacer de desayuno? ¿agua con hielos? ¿tostadas al carbón?

Tira de mi cabello y yo le muerdo el hombro.

—No puedo creer que esté enamorado de ti, bruja.

—Sí eres tú la única opción de que yo vaya a ingerir algo hoy, pues si prefiero salir...— continuo molestándole.

—Deja de subestimarme que yo sí se cocinar, ya verás— se pone de pie conmigo cargada y se dirige a la cocina como dios nos trajo al mundo.

—¡Estamos desnudos!— chillo, aferrándome a su cuerpo en un vago intento por taparme. Pero si había algún helicóptero o algún dron, ya me habrán visto el culo.

—Lo dices como si me importara— me llena de besos cuando me deja encima del desayunador. No evito comérmelo con la mirada y es por ello que sus manos se posicionan a ambos lados de mis piernas— ¿Que quieres desayunar, Antonella?

—No quiero ponerte algo muy difícil— enrosco mis brazos en su cuello y él, muy indignado, me observa— ¿un vaso de jugo está bien para ti?

—Sí tuvieses langostas en tu nevera, eso te haría de desayuno, pero tú apenas tienes agua— conozco todos sus tonos de voz y se que este es uno de burla.

—Imbécil.

—Creí que ya habíamos superado los insultos.

—Pues creyó mal, señor Herrán.

Me da la espalda y la increíble imagen de su culo maravillosamente redondo me da la bienvenida, al igual que su espalda tonificada que se tensa cada vez que hace un movimiento. Se mueve de aquí para allá, busca cosas, mezcla de todo y al final se gira para verme con una sonrisa cuando al fin coloca un sartén en la estufa.

El Mejor Amigo De Mi Padre. ©Donde viven las historias. Descúbrelo ahora