Trece.

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#MaeDay

Capítulo trece: Muffin.

Copain, copain, copain. Lo había empezado a llamar así desde que Chef lo hizo.

Me gustaba.

Decirle copain, obviamente.

Cuando el trabajo terminó, caminé por el pasillo del hotel para marcar mi salida encontrándome con Joseph esperando en la puerta.

—Nos vemos, Rose —hablé firmando y le sonreí a la recepcionista mientras me dirigía a la salida.
—Hola.
—¿No tienes frío? —pregunté poniéndome la chaqueta, él sólo negó con la cabeza y ladeé el labio caminando junto a él.
—¿A dónde podemos ir?
—Ni idea, no conozco mucho por aquí.
—Bueno, podemos ir al centro comercial. Ahí deben haber... Cafeterías y eso.
—Claro —Me encogí de hombros y empezamos a caminar.

Silencio.

—Entonces...
—¿Por qué haces esto tan incómodo?
—No lo sé, no sé qué decir —dijo y reí negando con la cabeza.
—Estoy fastidiada, Joseph.
—¿Por qué?
—Por todo. Ahora mismo no me siento cómoda en ningún lugar... No lo sé, es raro.
—¿Por eso estás tan callada?
—Pues... Supongo. He estado muy desanimada últimamente —nos sentamos en una cafetería y un chico se acercó a dejarnos la carta— un café, por favor. Sólo eso.
—Yo... Eh, igual.
—Bien, ahora los traigo —sonrió y se fue.
—¿Desanimada con algo en específico?
—Con todo, Joe. Es... Todo. Todo me fastidia.
—¿Y por qué ese cambio drástico?
—No creo que haya sido tan drástico, yo creo que es más como una bola de nieve, ¿sabes? Ahora es una avalancha. Pero todo límite tiene un inicio. Creo que el día que todo explotó comprendí que necesitaba hacer algo nuevo con mi vida.
—¿Y qué quieres hacer?
—Ese es el problema, no lo sé.
—Mae, piensa en algo que quieras hacer. Si te dijeran, vamos a concederte algo, ya. ¿Qué sería?
—Eh... Conocer a Mia. Iría a verla.
—¿Y Mia quién es?
—Mi mejor amiga.
—¿Conocer a tu mejor amiga?
—Desvirtualizarla, en realidad. Conocerla en persona. Psicológicamente la conozco al derecho y al revés. Aunque la he visto en skype, pero es distinto... Cara a cara.
—¿Y ella dónde está?
—En Glasswood.
—Ah, al otro lado del país, genial.
—Gracias por el apoyo.
—Dos cafés y un pastel de chocolate de parte de la casa por ser los últimos clientes.
—Gracias —sonreí de lado.
—Bueno, pues... ¿Qué esperas?
—¿Para qué?
—Para conocerla.
—Joe, vive al otro lado del país. Vive en la misma ciudad que mi abuelo, pero no lo sé, no lo he visto desde que mamá... Bueno, ya sabes.
—¿Y qué perderías con intentarlo? Yo creo que si tienes ganas de hacer algo, y tienes las posibilidades, hay que hacerlo. Tienes un auto, alguien que podría recibirte allá... Yo creo que puedes.
—No lo sé.
—¿Perdón? ¿Estoy hablando con la loca que me gritó y cito «ridículo niño insoportable no vuelvas a decir que no puedo porque lo haré el doble»?
—Sé que puedo, pero es que...
—Sigues poniendo peros, ¿desde cuando pones excusas? No entiendo, Mae.
—Solo quiero estar en mi habitación y no salir.
—Estás grave.
—No lo estoy.
—Lo estás, ¿te das cuenta que he dicho más de dos palabras en toda la conversación? Eso ya es grave, porque hemos cambiado de rol.
—Qué tonto.
—¿Cómo es ella?
—Torpe —Él me miró y sonreí tomando de mi café—, realmente lo es. No sabe controlar su cuerpo. Se golpea con todo. Pero en este tiempo ha logrado ganarse mi confianza, y creo que es recíproco. A veces me cuenta que está en el baño, la confianza apesta.

Él rió y tomó de su café incitando a que siga hablando.

—Es friki. Hemos quedado en que en algún momento nos veremos, e iremos a Disney. Pero en París.
—¿Y por qué?
—¿Y por qué no?
—¿No creen que están muy grandes para eso? Bueno, tú definitivamente no estás grande...
—Qué gracioso —alargué sonriendo y jugué con la cuchara— no, en realidad no. No hay edad para cumplir lo que uno quiere.
—Entonces... ¿Qué haces aquí?
—Estoy tomando café.
—Sabes a qué me refiero.
—Sí... Tendría que estar muy loca.
—Ya lo estás, muffin.
—¿Cómo me llamaste?
—Muffin. M de Mae, ffin de Griffin, la u es para complementarlo. Eres pequeña como un muffin. Lo he pensado, ¿no es genial?
—¿Por qué de pronto te dan ataques de ternura, eh? —sonreí pellizcando su mejilla y luego seguí tomando del café.
—¿Qué? No es ternura, intentaba molestarte.
—Sí... No sirves para eso si no estás siendo grosero.
—¿Estás pidiendo que sea grosero?
—No, me agradas más ahora —Me encogí de hombros.
—Y tú a mí. No sé por qué te he tratado de esa forma, de verdad, lo siento.
—Bueno, todos cometemos errores, ¿no?
—Sí, pero lo he pensado... Y de verdad, te trataba mal por tonterías.
—Ya no le des más vueltas al asunto, quedó zanjado ya. De todos modos yo solía contestarle mal también.
—Pero lo hacías porque yo lo iniciaba.
—Bueno, hoy es día de culpar a Joseph. Te culpo entonces porque por tu culpa Thomas no deja de sentarse a mi lado en clases.
—Ese es bastante exasperante, no sé cómo lo soportas.
—Pues a mí me cae bien... Hasta un punto. No me gusta que me esté abrazando. Amo mi espacio personal.
—Pero invades el de los demás.
—Eso es distinto. Me gusta abrazar a la gente, pero no que me abracen.
—No entendí.
—No importa, hay que acondicionarse al cerebro obtuso de las personas.
—Me siento... Insultado.
—Bueno, no te lo tomes tan a pecho. Mejor toma tu café —Solté una carcajada y me puse sería al ver su cara— ¿no vas a reírte?
—¿Debo hacerlo?
—En efecto.
—No deseo hacerlo.
—Pues ya verás. Mia me ha contado los peores chistes del mundo.
—No, no gracias. Mejor lo dejamos para otro momento.
—Algún día lo haré.
—Mientras, yo espero que ese día no llegue.
—Grosero —estiré el labio y tomé la cuchara para engullir parte del pastel de chocolate.
—¿No te han enseñado a comer o qué?
—«Ef pafftel» —dije con la boca llena y rió tapándome la boca con una servilleta.
—Maleduc... —interrumpí sus quejas cortando un pedazo de pastel y poniéndolo en su boca.
—Disfrutalo —sonreí y me limpié el poco de chocolate que tenía en el dedo sobre su nariz.
—«Efes infoportafle».
—Como quieras, ¿quién está hablando con la boca llena ahora?

EternecoDonde viven las historias. Descúbrelo ahora