Capítulo LXIV: La mejor manera de predecir tu futuro.

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Martes, 18 de agosto. Fue la última vez que lo vi.

Estaba jugando fútbol en la calle, usando una camiseta de la selección española y pateando el balón junto a varios vecinos. Para entonces había entendido que me estaba evadiendo, por lo que no hice gran esfuerzo de intentar hablarle y sencillamente moví la cortina para hundirme en el sofá a leer un libro.

Mi familia había vuelto a Miami luego de nuestra acampada nocturna. El lugar se sentía en absoluto silencio, y sin la presencia de la señora Myers, rozaba la línea de lo sepulcral ―había conseguido trabajo cerca del McDonald's de su antigua casa, y estaba viviendo en la misma manzana con un piso de bajo precio―. La única luz de vida que había en esta casa ―mi madre―, se lamentó no poder celebrar mi cumpleaños en el parque temático de Disney pues, gastaron parte de los ahorros en un nuevo teléfono para mi regalo de cumpleaños. Por otro lado, mis amigos regresaron el mismo día que mi familia, extrañados por el comportamiento entre el rizado y yo después de que el susodicho no asistiera a la acampada con la excusa de que se había enfermado de gripa. Patrañas, evidentemente. Puras patrañas.

―Un poco más a la derecha ―susurré, presionando el ratón en mi portátil. Al menos mi estrés se apaciguó un poco con Arya. Fuimos hace dos semanas al espá de su familia y supe las maravillas de un buen baño de vapor, con todo el asunto de las toallas envueltas sobre el cuerpo y la piel brillando en humedad. Me enfoqué en el lado bueno de las cosas. Sin un baboso distrayéndome constantemente con sandeces del amor podría estar de cabeza sobre la presentación de Power Point y elaborarlo al cien por ciento. No estaba enamorada de Harry Styles, por lo tanto, no tenía un corazón roto y seguía pensando que el día de San Valentín era solo un pretexto para la riqueza de los comerciantes. Nada había cambiado a como era hace seis meses, con la discrepancia de que ahora tenía un grupo de amigos más elevado y un chico en internet escribiéndome palabras que me sacaban de tanta basura.

Mi teléfono vibró, desviando mi atención.

@TheSarGall.

«#DeVuelta a Florida cuando jugamos a las charadas y @Aileen_Parker pretendió ser un ratoncito #BonitasPijamas»

Reí en voz baja, tocando el botón para responder al tuit.

@Aileen_Parker.

«@TheSarGall No te quieres meter conmigo, Gallagher. Tengo una foto tuya.»

@TheSarGall.

«@Aileen_Parker Bonitas pijamas? Quise decir bestialmente sensuales!! LOL»

Dejé el teléfono a un lado y me permití acariciar el pelaje de Ofelia. Estaba acostada hecha un ovillo a un lado de mis piernas, muy ocupada en la tarea de conseguir un prologada siesta como para prestarle la mínima atención a mis dedos.

No iba a ser la trágica protagonista que no podía proseguir con su vida tan pronto experimenta una decepción cercana al romance, no obstante, no evitaba seguir con el sentimiento quejumbroso en el pecho al pensar que el chiquillo que espió mi relación temporal con la ardilla mofletuda era el mismo muchacho que se escabullía de su casa durante las noches y alternaba de conversación con la mera evocación de mi nombre.

«Patético. Deja de pensar en ese imbécil, Aileen.»

―Por favor. ―Han pasado dos meses. Quise abofetearme cuando percibí una gota fresca en mi mejilla, que enjuagué raudamente con la manga de mi suéter.

Después de unas horas, pegué un brinco en la cama que sacudió a mi gata del susto. Me observó con sus ojos sobresaltados, y le di otros mimos con la intención de calmarla dentro de mi vergüenza. Me sentí mal por ella, pero la sensación fue reemplazada por el conocimiento de que:

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