20. Oscilación forzada

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Capítulo XX

Oscilación forzada

La piel lisa de su mano es como la de un niño, a diferencia de que es grande y de aires cortesanos. Sus dedos largos revelan fortaleza y transmiten a la vez una manifiesta ligereza que me impele querer alcanzarla.

— ¿Gustas?

Aparto los ojos de esta con un leve respingo, sacudiendo la cabeza y recobrándome del embelesamiento.

—¿Cómo?

—¿Gustas algo de comer? —me ofrece indicándome el plato con un dedo índice, sin apartar su impenetrable mirada de mí.

Soy fanática de las frituras de calamar. En otro momento me hubiera engullido el plato entero hasta quedar atiborrada, pero después de pasar tanto rato sin comer logré que la cerveza y los dulces me saciaran. Eso sin contar con las asiduas puntadas de hielo que copan gran parte de mi estómago en estos momentos.

—Creo que abucé de los dulces hace un rato. Gracias. ¿Tú... no tienes hambre? —inquiero al ver que no cuenta con intenciones de cogerse un aro de mariscos.

—No por ahora. Después de bajar de tarima nos estaban esperando un par de bandejas tamaño familiar con comida.

Escudriño el resto de la mesa y a la única persona que veo devorándose los calamares es al robusto baterista albino frente a mí.

Una botella de cristal color azul aparece a un lado de Dantel. Creo que es agua porque Muriel cargaba una parecida hace rato para servirle agua a Laura. También han repartido otras pocas en varios puntos de la mesa. Me parece haber visto antes una botella similar a estas, pero no sé en dónde. De seguro es un agua importada de los Alpes suizos, o algo por el estilo. Mi inquisidora ojeada examina las mesas aledañas, entreviendo la carencia de botellas azules y confirmando de esta manera mi sospecha de creer que estos recipientes forman parte de alguna de las exigencias que mantienen como artistas. Me pregunto qué otras excentricidades conformarán sus gustos... Un animal exótico de mascota. Un tigre, o una boa constrictora, tal vez.

—Y dime, Antonella.

Viro mi rostro hacia él en un movimiento impelido al escucharlo decir mi nombre. Tengo que dejar de hacer eso si no deseo que piense que padezco de algún tipo de trastorno. Tiene ojos crípticos y se pasa la mano por el pelo.

—... Ya que es la tercera vez que nos vemos, y en vista de que no he podido entablar una fructífera conversación contigo quisiera aprovechar que no estamos en un club nocturno repleto de gente ni corriendo en sentidos contrarios.

Ahogo una risa escandalosa que hubiera sonado de lo más inapropiado.

«¿Qué es lo que me pasa?». "La tercera vez que nos vemos". Saboreo la frase.

A pesar de que me gusta cómo suena, no puedo dejar pasar por alto que este músico me ha visto en mis peores fachas posibles: anoche borracha en la mesita de un club, y esta mañana semidesnuda sudando cual marrana. Por lo menos esta noche no me he pasado de tragos y creo que voy decente, así que espero poder redimirme de los dos encuentros anteriores.

— ¿A qué te dedicas? —me pregunta sosegado e inquisitivo a la vez.

Siento de pronto que estoy en un complicadísimo interrogatorio oral de la universidad. Tacho de inmediato el pensamiento porque no quiero empezar a sudar dentro de este vestido, mucho menos teniéndolo a él tan de cerca. Intento enfocar otro punto que no sean sus labios rosados. Desvío la mirada a la copa de agua por unos instantes, antes de responderle y verle a la cara como suele hacerlo la gente normal cuando charla con otro ser humano.

SPERO - Piso1 Cuerpo ✔Donde viven las historias. Descúbrelo ahora