Capítulo 1

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Ella siempre hacía lo mismo antes de ir a ver el cadáver. Después de desabrocharse el cinturón de seguridad, después de sacar un bolígrafo de la goma de la visera para el sol, después de que sus largos dedos  acariciaran sus caderas para sentir la comodidad de su ropa de trabajo, lo siguiente que hacía siempre era una pausa. No demasiado larga. Lo suficiente para hacer una inspiración lenta y profunda. Era lo único que necesitaba para recordar aquello que nunca podría olvidar.

Otro cadáver la estaba esperando. Soltó el aire. Y cuando sintió los bordes ásperos del agujero que había dejado la parte de su vida que había volado por los aires, la detective Maria José estuvo lista. Abrió la puerta del coche y se dispuso a hacer su trabajo.
Los treinta y ocho grados que le cayeron encima casi consiguieron que se volviera a meter en el coche.
Nueva York era un horno, y el reblandecido asfalto de la 77 Oeste que estaba bajo sus pies hacía que tuviera la sensación de estar caminando sobre arena mojada. Podría haber evitado un poco el calor aparcando más cerca, pero ése era otro de los rituales: la aproximación. Todos los escenarios de un crimen tenían un regusto caótico, y esos doscientos metros caminando eran la única oportunidad de la detective para rellenar la página en blanco con sus propias impresiones.
Debido al calor achicharrante, la acera estaba casi vacía. El ajetreo de la hora de la comida en el barrio se había terminado, y los turistas se estaban refrescando en el Museo Americano de Historia Natural o buscando refugio en el Starbucks de bebidas heladas que terminaban en vocal. Aparcó su desdén por los bebedores de café, tomando nota mentalmente de coger uno ella misma cuando volviese a la comisaría.

Unos pasos más adelante, se fijó en un portero del edificio de apartamentos situado en su mismo lado de la cinta de balizamiento que rodeaba la cafetería de la acera. Se había quitado la gorra y estaba sentado en los gastados peldaños de mármol con la cabeza entre las rodillas. Ella alzó la vista hacia el toldo verde botella cuando pasó a su lado, y leyó el nombre del edificio: Guilford.
¿Conocía a aquel hombre uniformado que le estaba sonriendo? Rápidamente repasó una serie de diapositivas de caras, pero lo dejó cuando se dio cuenta de que sólo estaba disfrutando de su vista.
La detective Garzón le devolvió la sonrisa y se abrió la americana de lino para darle algo más sobre lo que fantasear. La expresión de su cara cambió cuando vio la placa en la cintura del pantalón. La joven policía levantó la cinta amarilla para poder pasar por debajo y al levantarse lo pilló de nuevo mirándola de forma lasciva, así que no pudo resistirse.

—Le propongo un trato —dijo—. Yo vigilo mi culo y usted vigila a la gente.

La detective Garzón entró en su escenario del crimen, más allá del atril de recepción vacío de la terraza de la cafetería. Todas las mesas de La Chaleur Belle estaban vacías excepto una, en la que el detective Ruiz, de su misma brigada, estaba sentado con una afectada familia con las caras quemadas por el sol que intentaba traducir del alemán una declaración. Su almuerzo, intacto, estaba lleno de moscas. Los gorriones, también ellos ávidos comensales al aire libre, estaban posados en los respaldos de los asientos y hacían atrevidos descensos en picado en
busca de pommes frites. En la puerta de servicio, el detective Villalobos levantó la vista de su cuaderno y asintió rápidamente hacia ella mientras interrogaba a un ayudante de camarero que llevaba un delantal blanco manchado de sangre.
El resto de los camareros estaban dentro del bar tomando una copa después de lo que habían presenciado.

Garzón miró hacia donde estaba arrodillada la médico forense, y no se lo pudo reprochar en absoluto.

—Varón no identificado, sin cartera, sin identificación alguna. Podría tener entre sesenta y sesenta y cinco años. Traumatismos contusos severos en cabeza, cuello y pecho.

Mariana Camacho, con su mano enguantada, retiró la sábana para que su amiga María José pudiera ver el cadáver tendido en la acera. La detective echó un vistazo y apartó rápidamente la mirada.

Ola De Calor (Caché)Donde viven las historias. Descúbrelo ahora